Matteo Renzi clama por la recuperación del alma de Europa. Ardua tarea para el exalcalde de Florencia y nuevo presidente de turno de la UE. El alma de Europa igual se la llevó algún tiburón financiero en la carpeta de los intereses para los rescates a los países del sur. No pudo haber sido muy difícil hacerla escabullir en medio de la cortina de demagogia generada a la sombra de la crisis. O igual permanece secuestrada en los lúgubres sótanos de alguna sede comunitaria. Todo el continente se ha atado una piedra al pescuezo para evitar ser arrastrado por los vientos de la recesión y ahora corre el peligro ahogarse con ella.
Europa se ha dejado arrebatar el alma poco a poco y las almas suelen ser tan escurridizas que incluso pueden acabar en cualquier letrina. Y ojo porque los viejos fantasmas, posiblemente escondidos durante años entre paredes como las del castillo de Wewelsburg, pueden presentarse en cualquier noche electoral con una victoria definitiva para ponerle puertas al hambre y convertir la xenofobia en ley. En los tiempos del autismo tecnológico todo es posible. La gente solo mira para el ombligo de su smartphone, mientras que a los que viven de la política solo le preocupan los trajes y los números de las estadísticas periódicas, sin atender a que una porción importante de la población anda descalza por el filo de la navaja del umbral de la pobreza. Los indigentes que piden en el puente de Carlos de Praga con la cabeza en el suelo o los que te abordan los domingos por la mañana en la plaza de Cervantes de Compostela te dejan el electrocardiograma en blanco. Es posible que hayan vivido por encima de sus posibilidades, pero es porque alguien se las ha robado.