La niña Sofía

Fernanda Tabarés
Fernanda Tabarés OTRAS LETRAS

OPINIÓN

22 jun 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

De todas las rarezas que acompañan a la monarquía, las que afectan a los cativos son las más estridentes. El jueves, antes de desbarrar con la selección cuando se le pedía una endoscopia del discurso del rey, Felipe González reclinó su próspera humanidad sobre la niña Leonor y le besó una mano. El gesto encontró un gemelo en la extremidad de la niña Sofia, a la que se le intuye una agitación vital que veremos cómo medra. Esa sarta de importantes marchando ante esas criaturas resultó definitivamente extravagante. Intriga pensar cómo estará gestionando la reina de clase media los privilegios que el sistema concede a una de sus hijas por el meritorio detalle de haber nacido primero. Sabemos, de hecho, de alguna pataleta de Sofía, disconforme con un posado fotográfico que la excluyó cuando se quiso plasmar la línea dinástica. Sabemos también que Letizia ha pedido consejo a supernanny sobre el consumo de chuches durante la semana, un asunto de trascendencia análoga al de la desigualdad en la que crecerán sus hijas. Quizás sea este uno de los tributos que han de pagar las familias reales por los privilegios que los asisten, gestionar las prebendas regias a la hora del colacao. La historia de la monarquía acredita que esa carga ha estimulado las conspiraciones fraternales, inspirado a Shakespeare y conducido a la guerra a muchos pueblos. Si Sofía resulta una mujer de su tiempo quizás algún día interrogue a sus padres sobre los motivos de su discriminación. La modernidad indica que las selecciones justas deben nutrirse del mérito y de la capacidad. Vivir ajeno a esa regla desde que se empuña el chupete es una extraña forma de empezar. Y un tormento para una madre. Digo yo.