Aunque tenemos la sensación de estar viviendo momentos históricos excepcionales, todo indica que, al menos en términos sustantivos, estamos en un tiempo vulgar, en el que solo se repiten los ciclos propios de la economía y de la política, y en el que, con muy pocos matices, estamos repitiendo lo que la humanidad ya hizo mil veces. Y para que tengan a mano un ejemplo, les recuerdo el momento en que, tras la abdicación del rey David (Primer Libro de los Reyes, 1, 32-35), subió Salomón al trono de Israel: El rey David dijo: «Llámenme al sacerdote Sadoc, al profeta Natán y a Benaías, hijo de Iehoiadá». Ellos se presentaron ante el rey, y él les ordenó: «Tomen con ustedes a los servidores de su señor, monten a mi hijo Salomón en mi propia mula y háganlo bajar a Guijón. Allí, el sacerdote Sadoc y el profeta Natán lo ungirán rey de Israel; ustedes sonarán la trompeta y lo aclamarán: ¡Viva el rey Salomón! Luego volverán a subir detrás de él, y él vendrá a sentarse en mi trono y reinará en mi lugar».
¡Qué bueno! ¡Y qué fácil! Y eso que in illo tempore -treinta siglos atrás- había muchos aspirantes al trono, y no había ni Constitución ni Cortes Españolas. Claro que, al no haber Twitter ni tertulias, tampoco se perdía tiempo en discutir si había que invitar a otras casas reales, si el rey David tenía que estar presente en la unción de Salomón, o si podía quedarse en palacio, tomando un vasito de hidromiel, en compañía de la dulce Abisag. Pero el fondo es bien sencillo: se va uno y viene otro, y lejos de abrirse tiempos de incertidumbre e innovación -para lo bueno y para lo malo-, la monótona estabilidad institucional de la que disfrutamos relativiza por igual las genialidades que se le ocurren a unos y las tonterías que dicen los otros. Se va el padre y viene el hijo. Y nuestra felicidad consiste en que, digamos lo que digamos, todo, menos el espectáculo teatral, va a seguir como estaba.
Frente a los que creen que estamos abriendo un tiempo fascinante, yo creo que estamos haciéndolo todo para que no cambie nada. Frente a los que esperan que Felipe VI se remangue esta mañana con un discurso rompedor a favor de un nuevo pacto territorial y de una Constitución que supere esa Transición que antes alabábamos y ahora denostamos, yo espero que sea prudente, que no se salga del guion de «zapatero a tus zapatos», y que deje la política para los políticos.
Y frente a los que piensan que todo pasa por encadenar revoluciones eternamente pendientes, yo me quedo con la humana realidad de llanto y nube que cantara León Felipe: «Siempre habrá nieve altanera/ que vista el monte de armiño,/ y agua humilde que trabaje/ en la presa del molino./ Y siempre habrá un sol también/ -un sol verdugo y amigo-,/ que trueque en llanto la nieve/ y en nube el agua del río».
Feliz reinado, Felipe VI.