Una semana decisiva para España

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

España afronta una semana decisiva que marcará su futuro, para bien o para mal. Después de muchos años en los que nuestro sistema parecía plenamente asentado y en los que, más allá de las normales diferencias de criterio en función de los respectivos posicionamientos de cada uno, solo se habían registrado críticas puntuales y muy minoritarias al modelo vigente, un grupo grande de españoles parece cuestionárselo todo de pronto y pone en tela de juicio aquello que hasta ahora nos ha proporcionado el período más fructífero de nuestra historia. Son los que abogan por dar una patada al tablero para imponer unas nuevas reglas de juego, como si eso nos garantizara el éxito por sí solo. Nadie duda de que, en las actuales circunstancias, es obligado afrontar un cambio profundo. Pero tampoco se debe ocultar que todo cambio implica riesgos. Y que, si esa evolución necesaria no se afronta de manera ordenada y sin volvernos locos, el resultado puede ser todavía peor.

La crisis ha estallado ahora de forma virulenta, pero España llevaba tiempo emitiendo señales de alarma que, vistas con perspectiva, anunciaban ya el desastre y la encrucijada que afrontamos en este momento. Como siempre, y aunque muchos pretendan quedarse al margen y cargar las tintas contra quienes han ostentado hasta ahora las máximas responsabilidades, las culpas no son individuales, sino colectivas. Resulta evidente que algo no estaba funcionado bien cuando casi todos los que asumen funciones relevantes son los mismos veteranos que ya estaban ahí cuando España protagonizó un exitoso cambio de régimen.

Los que comandaron aquella histórica transición pusieron el objetivo del bien común por encima de los propios intereses. Y se alumbró una etapa llena de éxitos que nos sacó del furgón de cola. Parecía difícil que madrileños, catalanes, vascos y de todas las regiones se unieran para que España triunfara. Pero lo hicieron. Y con éxito. Demostraron que no éramos esa caverna que nos pintaban. Solo por eso, merecen nuestro eterno agradecimiento. Pero ellos son los primeros que deberían haber comprendido hace tiempo que su hora había pasado. Que era necesario un cambio, también de personas, para no frustrar a toda una generación de jóvenes que lleva tiempo pidiendo paso y a la que se le ha dado la espalda.

España se ha quedado anquilosada. Y en ese egoísmo y esa falta de valentía para afrontar una nueva transición está seguramente la clave de que nos encontremos en uno de los momentos más graves de nuestra historia. Pero yo creo que todavía estamos a tiempo de afrontar un relevo generacional sin necesidad de acabar con el sistema, como pretenden algunos. Demos al menos una oportunidad a los que protagonizarán ese nuevo tiempo que se abre a partir de mañana. Y solo si también ellos fracasan, se demostrará que no son las personas, sino el sistema lo que ya no vale. Esperemos que Vicente del Bosque haga los cambios necesarios y España logre clasificarse.