Aun cuando es verdad que los centros comerciales, los restaurantes y las cafeterías vuelven a estar bulliciosos, y que las agencias de viajes y los concesionarios de coches incrementan sobremanera sus ventas en los últimos tiempos, también lo es que, aunque esto no sea Burkina Faso, en nuestro país hay muchas familias -demasiadas- en situación de vulnerabilidad, es decir, que no tienen aseguradas unas elementales condiciones de vida. El drama del paro sigue siendo un gran azote para España, los trabajos precarios están ahí, y son muchos años ya de esta durísima crisis económica. Aunque la Xunta de Galicia y muchos ayuntamientos (no todos, por cierto) han realizado un esfuerzo sin parangón para hacer frente a esta situación, Galicia no es una excepción en el panorama nacional y hay que seguir trabajando con tesón para apoyar a estas familias.
Habrá que ver si abrimos los colegios en verano con actividades formativas, de fomento de la lectura y de tiempo libre para apoyar y facilitar la tarea educadora a las familias, un viejo debate. Los campamentos urbanos ya van en esa dirección, con plazas subvencionadas por los ayuntamientos (es paradigmática la actuación en este aspecto de la Concejalía de Servicios Sociales de A Coruña). Mientras tanto, mucho cuidado para no traicionar las buenas prácticas en los servicios sociales, que tanto costó alumbrar, basadas en la inclusión, el empoderamiento y la normalización. El entorno natural del niño en verano es su casa, y ahí es en donde los poderes públicos y la sociedad en su conjunto deben incidir inteligentemente para asegurar el bienestar de los menores, incluida la alimentación. Abrir en verano los comedores escolares para los niños pobres sería una peligrosa anomalía, una excepcionalidad injustificada. Los guetos siempre fueron, son y serán perniciosos. Me alegro que, finalmente, todos los grupos políticos del Parlamento gallego así lo hayan entendido, porque no es de recibo jugar al desgaste del gobierno de turno con estos asuntos.