Un desafío colosal. Despojado de los complejos de antaño, el fútbol español defiende en Brasil una hegemonía que arrancó en la Eurocopa del 2008, un modelo de juego unánimemente aplaudido y una idea, también fuera del campo, muy alejada de las algaradas y las tensiones de antaño. El victimismo les corresponde ahora a otros; España ya no tropieza en una infausta tanda de penaltis o se lamenta durante meses por un arbitraje calamitoso. Ha aprendido a ganar. Brasil es el gran reto para una generación irrepetible, para un grupo que ha cumplido con la más optimista de las expectativas y que está en disposición de poner el más brillante de los broches en el país del fútbol. A pesar de un juego que los burócratas han mercantilizado hasta el hastío o de un país que clama contra la corrupción, las desigualdades y el dispendio en obras innecesarias, comenzó por fin a rodar el balón, arrancó la gran cita cuatrienal del balompié. No es una cuestión de Estado; solo es fútbol, la más importante de las cosas que no son importantes.