Ozon nos propone una historia de las que no dejan indiferentes. Nos cuenta en cuatro estaciones, con una levedad que pesa y que hiere y que rasga, cómo una adolescente bellísima de 17 años decide dedicarse a prostituirse. Del verano de su iniciación al sexo a la primavera de la extrañeza ante la vida. Parte del verso de Rimbaud: «Nadie es serio a los 17 años», para subrayarnos que a veces las biografías se van por los caminos más inesperados. La chica, que es, como el título de la película, joven y bella, está interpretada con acierto por Marine Vacth. Ni un gesto de más para resaltar un drama tremendo. Ozon quiere profundizar, hacernos pensar y repensar, en los apetitos disparatados de la adolescencia, en los senderos confusos de una edad en la que, para afirmarse, hay que negar todo lo que nos protegió al crecer. Es impresionante lo solo que se puede estar a los 17 años. Completamente rodeado de familias, de compañeros, de amigos, y completamente solo. Así es Isabelle, la protagonista. Cuatro estaciones, cuatro canciones, para un filme que obliga a hablar al salir, a que humeen las palabras, a airear los miedos. Nadie está a salvo de perderse y perderse. De encontrarse, a gusto, perdiéndose.