Toledo es una ciudad increíble. Siempre merece el viaje. Está como inventada sobre un altozano. Si le quitas su soporte, parece que levita. Es casi como la ciudad soñada por Torrente Ballester. Toledo, sus calles, su catedral, sus monumentos, valen siempre la incursión. Un paseo desde Madrid. Una experiencia grata e inolvidable. Pero si además es el año del Greco, y se puede ver la exposición alucinante sobre El griego de Toledo, mejor que mejor. Cuatrocientos años han pasado desde la muerte del hombre que le pegó un giro a los colores. Que usaba su paleta para hacer que los colores desleídos facilitasen el ascenso de sus figuras hacia el cielo. Algunos cuadros del Greco dan esa impresión de que los personajes suben una escalera hacia las alturas. El invento de la elevación en el cuadro, del vértigo. El arte es una carrera de relevos. Los grandes artistas son los que avanzan, los que pasan el testigo, y el Greco fue de los genios que se saltaron unas décadas con sus lienzos. Un visionario, el hombre que en algunas cosas se anticipó a movimientos que tardaron siglos en llegar. Ahora se le rinde homenaje, con razón y con corazón. Esas figuras que parecen de cera en El entierro del conde de Orgaz. Ese Caballero de la mano en el pecho, que es España. Esos pinceles que se deslizaban por la tela como las olas por el mar.