Que lo diga ahora o calle para siempre

OPINIÓN

05 jun 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

En España no existe nada que se pueda comparar con el Discurso de la Corona, cuya finalidad es la presentación ante las dos cámaras del Parlamento británico del programa legislativo del Gobierno. Aunque lleva el nombre de Discurso de la Corona, o de la Reina, se trata de una pieza elaborada por el Gobierno, y aprobada en el Consejo de Ministros, a la que la presencia de la reina y el riguroso ceremonial de Westminster -porque en Inglaterra nadie cree que el protocolo es derroche- le otorgan la solemnidad y la popularidad con la que el sistema representativo se conecta periódicamente con su culto y bien educado pueblo.

Por no tener este discurso, que nunca formó parte de nuestro modelo parlamentario, la monarquía española tiene un perfil discursivo lamentable, cuya referencia es ese mensaje de Navidad -«permitid que entre un año más en la intimidad de vuestros hogares?»- que este año, así lo espero, debe pasar al olvido. A base de inaugurar congresos, exposiciones pictóricas y foros ecologistas no se puede crear pensamiento, ni potenciar valores, ni señalar objetivos para la acción colectiva. Y por eso, porque todas las tradiciones se crearon un día, y porque ahora vamos a tener un rey capaz de leer textos complejos con entonación y soltura, deberíamos aprovechar este interregno de quince días, que también debería dar paso al «rey abdicado, rey puesto», para inventarnos algún discurso solemne que implique a la monarquía en el porvenir de la nación.

Y puestos a ello, sería importante que los dos grandes partidos que sostienen los acuerdos constitucionales de la transición se pusiesen de acuerdo para escribir el primer discurso de Felipe VI, y para escoger con cuidado meticuloso el momento y lugar en el que debe pronunciarlo. Porque, dada la mezcla de graves problemas y supinas chorradas en las que en este momento nos movemos e imperceptiblemente nos degradamos, no debe pasar ni un solo día del nuevo reinado sin que se hayan puesto blanco sobre negro las grandes líneas de funcionamiento del Estado. Y entre ellas han de estar, sin duda alguna, la unidad territorial de España, el respeto a la Constitución y a sus procedimientos de reforma, el funcionamiento riguroso de los procedimientos democráticos, y un pacto racional y moderno sobre la cohesión territorial y social del Estado.

¡Que lo diga el rey en nombre de la inmensa mayoría! Que lo sepa todo el mundo. Que nadie se llame a engaño. Y que no pasemos ni un solo día del nuevo reinado zozobrando en la estupidez que cabalga sobre España como si fuese el quinto jinete del apocalipsis. Y por eso me permito sugerirle al nuevo rey lo que en las bodas se le dice a los testigos: habla ahora, buen rey, o calla para siempre. Porque la monarquía, si bien se mira, solo sirve para eso: para hacer solemne lo que debería ser obvio.