Claro que el castigo ha sido tremendo, pero, con las cabezas más frías, PP y PSOE aún suman siete millones y medio de votos. El éxito de la revolución de Podemos tiene un millón doscientas mil papeletas. Queda mucha tela que cortar. La desafección es enorme. Y veremos quién pesca ahí, en ese océano terrible en el que hay de todo (efectivamente, votantes habituales del PP enfadados, pero también posibles votantes de utopías que no sabían que Podemos iba a crecer tanto). Las europeas siempre tienen algo de laboratorio. La clave está en qué hará el ciudadano cuando lo que esté en juego sea el poder local, autonómico o central. ¿La caída será aún más grande por el rechazo a las caras conocidas y a las marcas polucionadas o se impondrá el refranero popular con su llamada a la prudencia, tipo los experimentos con gaseosa? Las campañas serán más cercanas y más duras. No habrá piedad en el nuevo escenario de pluripartidismo del que habló en su día Jaime Miquel. Todos los partidos, los dos que siguen siendo grandes (uno bastante menos) y los pequeños que crecen, pueden robarse votos. Las europeas han dejado sembrado que UpyD, por ejemplo, por llegar primero a abrir brecha más allá del relevo PP-PSOE en el que vivíamos no tiene nada garantizado. Llega otro y le adelanta por la izquierda. La única ventaja, si es que es una ventaja y no un definitivo suicidio político, especialmente para el PSOE, es una gran coalición. La política vuelve a apasionar.