¡Quédate, Alfredo, quédate!


España nunca logrará ser lo suficientemente agradecida con Rubalcaba. Sobre todo no lo lograrán ni la derecha ni la izquierda, aunque le levanten un monumento en cada esquina de este país. Rubalcaba deja la política después de una colosal e impagable tarea. La de haber dado vida y oxígeno a unos y otros. A los de su diestra, llevándolos a victorias impensables e inimaginables. A los de la zurda, alimentándolos y engordándolos con la entrega de su decepcionado y hastiado electorado.

Al frente de los socialistas Rubalcaba logró lo que nadie consiguió antes. Ni aquel glamuroso Zapatero, que ya es decir. Unir a todo el partido contra él. Pero, por si esto no fuera suficiente, hizo méritos para cosechar el peor resultado de la historia. Y, sobre todo, supo sobreponerse a los deseos de un electorado que le vino advirtiendo reiteradamente que el que había elegido no era el camino. Pero Rubalcaba, con el apoyo de los pensadores y estrategas Elenas, Sorayas y Óscares, no escatimó sacrificios. Por el bien de España. Por el de la derecha, del centro, del centro-derecha, de la izquierda, de los de arriba y de los de abajo.

Si este fuese un país agradecido y de reconocimientos, hoy mismo las calles serían un clamor con 47 millones de voces gritando al unísono: «¡Quédate, Alfredo, quédate!». Porque todavía puede hacer mucho por Mariano, por Cayo, por Rosa, por Pablo. Aún no llevó al PSOE adonde pretendían sus adversarios. Y en no más de otro par de meses, seguro que lo logra. Así que: ¡Quédate, Alfredo, quédate!

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¡Quédate, Alfredo, quédate!