En la encuesta de Sondaxe que hemos publicado ayer llama poderosamente la atención la posibilidad de una abstención que roce el 60 %, a pesar de haberse convertido en el caballo de batalla de los grandes partidos -PP y PSOE- que siguen dominando, con un 73,5 % de los votos, el panorama político. En comparación con las democracias más avanzadas, España no se caracteriza por ser un país abstencionista. Y ese debe de ser el motivo por el que esta avalancha puntual de incivismo preocupa tan seriamente a políticos y analistas.
La causa de tanta desazón hay que buscarla en una visión redentora de la política, que obliga a las instituciones y a sus rectores a correr con todos los fallos y disfunciones del sistema. Quizá por eso venimos asistiendo, desde los días de la transición, a una inexplicable carrera por aportar interpretaciones a la abstención, por suponerle cierta racionalidad y por valorar sus posibles mensajes por encima, incluso, de los que votan. Y así se genera el acostumbrado desfile de tonterías poselectorales en el que todo el mundo trata de interpretar la abstención, los votos no válidos y los que se emiten contra el sistema, como si en ellos estuviese la clave del arco, y como si después de los recuentos tuviésemos que ir a buscar la verdad en las tripas de una oca.
Personalmente me he rebelado siempre contra esta adoración de la abstención, y no solo porque en ella confluyen múltiples y contradictorias explicaciones de difícil observación y medida, sino porque viene a funcionar como un incentivo añadido a la irresponsabilidad de ciertos ciudadanos que, en vez de tener que asumir la pesada carga de su irresponsabilidad cívica, se ven premiados con la idea de que ellos son los verdaderos intérpretes del momento, y de que, frente al desprecio con que se trata a los grupos más activos y ejemplares de ciudadanos y políticos, existe un pueblo limpio de polvo y paja que se mantiene al margen por razones éticas.
Los sistemas electorales de Europa, que están pensados para cubrir todos los bancos de sus instituciones en función de los sufragios emitidos, otorgan idéntico nivel de civismo y responsabilidad a todos los que votan, ya sea en blanco o con anulación voluntaria, ya sea a cualquiera de las docenas de candidaturas que concurren libremente a cada proceso. Y por eso, aun reconociendo la plena libertad que tienen los ciudadanos de no votar, deberíamos empezar a crear una cultura de abierta reprobación de la abstención, tanto en el orden intelectual, negándonos a valorarla e interpretarla, como en el orden moral, negándonos a darle cierta supremacía moral por su crítica al sistema. Todo lo demás me parece una enorme equivocación, porque favorece -de forma consciente o subconsciente- la abstención, y porque prima a los peores ciudadanos en contra de los mejores.