Explicaciones inútiles


Imaginemos esta situación. Un dirigente político de cualquier rincón del mundo analiza la situación del país. El último terremoto, dice, ha dejado 5.933.300 víctimas. Un 0,04 % menos que el anterior. La catástrofe deja también 1.978.900 familias con todos sus miembros sin ingresos. La población activa disminuye en 187.000 trabajadores y el seísmo deja el paro juvenil en el 55,48 %. Y con este balance el ávido gobernante asegura que los datos son esperanzadores, que se percibe un cambio de tendencia y que vamos sobre ruedas.

Si esto ocurriese realmente creeríamos que el dirigente perdiera la cordura. Nunca se puede hablar en términos positivos ni previsiones optimistas en catástrofes como la de terremotos, pandemias o el cataclismo del paro. Hay víctimas que, por mucho que intentemos disimular, sufren las consecuencias de la desgracia. Y poco les importa que la mejoría sea del 0,04 o del 4,00 mientras no puedan desarrollar su vida con las garantías laborales del primer mundo. Si tuviéramos un mínimo de sensibilidad y decoro no analizaríamos las cifras del paro. Todos sabemos lo que suponen seis millones de desempleados, los hogares sin ingresos y los jóvenes sin futuro. Las explicaciones son otras. Saber para qué sirvió la reforma laboral; por qué hay más parados que cuando gobernaba ZP y, dónde está aquel estadista que nos dijo «cuando gobierne bajará el paro». Son las explicaciones que nos deben. Lo otro ya lo sabemos.

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Explicaciones inútiles