En realidad que se cumplan cuarenta años de la revolución de los claveles en Portugal no solo sirve para constatar que el tiempo pasa volando. También para recordarnos que junto a nosotros, al otro lado de la cama, duerme un país secreto, desconocido y maravilloso. Un país que «por mares nunca dantes navegados», como dice Camôes, recorrió el mundo y dominó el Lejano Oriente -Japón y la costa de China-, una buena parte de África y el inmenso territorio de Brasil. Un país, como Irlanda, de poetas, que, ya en tiempos modernos, se unió a las vanguardias artísticas con escritores como Mario de Sá Carneiro, Almada Negreiros o Raul Brandâo. Que mantiene vivos y activos a hombres como Herberto Helder, el poeta de los haikus, o Manuel de Oliveira, cuya película de la Ribeira de Oporto, Aniki Bobó, me emociona tanto.
Portugal es un país secreto, prudente y filosófico. Que si en el siglo XVIII vio nacer músicos como Domingos Bomtempo o Sousa Carvalho, en nuestros días ha dado al mundo el piano de María João Pires. Un país que se lustra los zapatos en los cafés como hace más de cien años y mira a sus ríos -Douro, Tejo, pero también Ave, Leça, Mondego- cuyas aguas siguen trayendo, desde Castilla, la vida de don Rodrigo Manrique, que viene a dar a la mar. Un país sensato y paciente que nuestra arrogante educación pueblerina -la misma del porquero de Agamenón- nos lleva a ningunear. Un país que entre dientes todavía murmura, a pesar de Cristiano Ronaldo, que de España nem bom vento nem bom casamento.