Lunes de Pascua. Día para escribir el verbo tan pronunciado y, a la vez, consumido: respetar. O, si ustedes lo prefieren, tolerancia. Resulta curioso que algunos que reclaman transigencia sean los más reacios a ser condescendientes con los demás.
La pasada semana, santa para los cristianos, hemos presenciado mofas y bufonadas que producen sofoco. No han faltado las «procesiones ateas» que pretendían zaherir, solamente, a los católicos. En Internet se ha disparado la inquina contra los hábitos de Semana Santa. Y mientras esto sucede, la corrección política que nos administra alejándose incluso de las propias entrañas. Ha sido la tradición judeocristiana la que nos ha hecho lo que somos y cómo somos. Las humanidades han crecido al abrigo de nuestra Iglesia; también el conocimiento, a pesar de que un empirismo exacerbado pretendiese negar los progresos propiciados por la cristiandad. Algunos de los que reclaman tolerancia son los más intolerantes. Se burlan de quien acude a misa, de la oración, del misterio de la fe, del Dios cristiano (no del musulmán), del Jesús de los anales. Y muestran ese semblante de superioridad moral que yo tanto detesto. Se creen en posesión de toda verdad. Odian. Hacen del rencor su estímulo. Y muchos, insensibles o cobardes -siempre callados contra el oprobio- miran para otro lado.
Qué bajo ha caído el ser humano. Nuestra Iglesia, es cierto, ha cometido errores en su milenaria historia. Por ellos ha pedido perdón. Pero también alienta y alimenta, ayuda, acompaña, ama. Los que se burlan de la gente que cree, desdeñan la condición esencial del ser humano: la esperanza. Insisto: ¿cómo el ser humano ha caído tan bajo?