Historia de las religiones


Van a recorrer las calles de nuestras ciudades cientos de procesiones, que hunden sus raíces en el Concilio de Trento, que ha marcado, durante cinco siglos, las costumbres religiosas de los países católicos. Con Cristo, la Virgen, los apóstoles, cientos de santos y santas exhibidos en los pasos portados por penitentes tan presentes en las calles y en nuestras teles, es un buen momento para reivindicar para los planes de estudio una historia de las religiones.

La religión católica -y la religión de las demás confesiones- no debe enseñarse en los centros académicos públicos y sería muy conveniente que tampoco se enseñase en los centros académicos privados. Las iglesias, las mezquitas y sinagogas son el ámbito pertinente para difundir las doctrinas religiosas y ejercer el culto correspondiente. ¿Qué diría la Iglesia católica si el Estado pretendiera imponer en las parroquias el estudio de la lengua y literatura, de las matemáticas y del conocimiento del medio? La Iglesia pondría el grito en el cielo, que es su lugar favorito, e incluso pediría el auxilio de Dios y de la Virgen para que no se impartieran en sus parroquias estas materias.

Pero en la enseñanza sí debe impartirse una historia de las religiones contada sin sectarismos por creyentes y ateos expertos en esta materia.

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