¡Qué contento está Arias Cañete en las fotografías! ¡Parece que le hubiera tocado la primitiva o lo hubieran nombrado gerente del Banco Mundial! Sus compañeros de partido, empezando por el portavoz parlamentario, le felicitan con fruición. Él sonríe complacido, como si la perspectiva de dejar pronto el Ministerio de Agricultura fuese un ascenso o una liberación. Es el primer ministro que celebra por adelantado su cese y hace que los demás lo celebren con él. ¿Por qué será? ¿Por qué, si cambia una poltrona ministerial de un Gobierno sólido por la aventura incierta de unas elecciones, el agotamiento de una campaña y después en Bruselas una enorme distancia de los coches de época que colecciona y de esos manjares hispanos que tanto difundió y degustó? ¿No debería ser más bien un castigo? No, señores. Esto tiene truco. Mariano Rajoy no designó solamente al cabeza de lista de las elecciones del 25 de mayo. Designó a un futuro comisario del Gobierno europeo. Arias Cañete será nombrado comisario de la Unión, todo un ministro de Europa y además con rango de vicepresidente. Ese es uno de los pactos de la última reunión con Angela Merkel. El escaño en el Parlamento es un trámite no imprescindible, pero que adorna y le da una cierta legitimidad popular. Y eso es lo que celebra don Miguel Arias Cañete: pasará de un ministerio nacional a un ministerio comunitario. En Bruselas no hay más que mejillones, pero se puede disculpar la lejanía de los coches de época y de los manjares de la huerta y de la cuadra. Respecto a los yogures caducados, allí los puede consumir exactamente igual.
¿Y por qué ha tardado tanto Rajoy en comunicar el nombre? Lo hemos tratado de explicar aquí hace unos días: porque no le gusta mezclar, como nos aconsejan en los bares, y esperó que pasase el discurso del debate catalán para soltar el nombre. Y a última hora puedo añadir un detalle: Arias Cañete, que es rico de casa, no tenía ninguna gana de meterse a pelear en una campaña, y menos de número uno. Tiene ya su edad, su calidad de vida, su patrimonio bien ganado, no está para meterse en el mitin de la plaza de toros y mucho menos para despertarse cada mañana con los improperios de Elena Valenciano. Si hay que ir al Parlamento como tránsito a la comisaría, se va, pero sin esas penalidades; sobre todo, la de Valenciano. Lo entendió su buen amigo don Mariano, y retrasó lo que pudo la designación. Al fin y al cabo, como estaba previsto, el desvelo del misterio fue un puntazo y traía propina: soltada en el momento oportuno y en un lugar tan insólito como el Congreso de los Diputados, hizo pasar a segundo plano la tensión por Cataluña. Estos políticos son mágicos en el arte de dominar la información.