Hasta los que vivimos instalados en una cruzada contra los poderes públicos y las clases dirigentes tenemos en alguna ocasión que doblar la rodilla. Y no crean que nos cuesta reconocer los aciertos, ya nos gustaría poder hacerlo con más asiduidad.
El Parlamento de Galicia, por amplia mayoría, aprobó ayer la primera ley promovida en España contra la discriminación de los colectivos de lesbianas, gais, transexuales, bisexuales e intersexuales. Vamos, los degenerados y depravados, que dicen los moralistas. Repito, la primera de España y por amplia mayoría, lo que no deja de ser una novedad. Y la aprobación tiene, al margen de lo resaltado, otras lecturas positivas, aunque lamentable resulte que a estas alturas de la vida tengamos que llevar a los Parlamentos la discriminación de familiares, amigos y vecinos, porque nos creemos con el derecho de controlar y juzgar sus vidas privadas.
Positivo es también que en el texto la Xunta, y por tanto el PP, reconoce las nuevas formas de familia. Las uniones «entre dúas persoas do mesmo ou distinto sexo en relación de afectividade análoga á conxugal». Y positivo es que la Cámara acepte como algo normal lo que en la calle es normal, para una inmensa mayoría.
Hoy los gallegos, con la excepción de los descerebrados, nos sentimos orgullosos. Y para algunos es algo excepcional. Feliz, pero excepcional.