Mi abuelo me regalaba cada domingo, desde que hice la primera comunión, una peseta de papel que yo guardaba, como quien custodia un tesoro, en una vieja caja de puros habanos, un estuche de Partagás, Montecristo o del Rey del mundo, que ya no lo recuerdo bien después de tantos años. Eran todos mis ahorros privados, mi capital fundacional, el origen, pensaba, de mi riqueza futura.
Pero, ay, el destino hizo que aquella caja de madera se extraviara y mi capital financiero, que no pasaría de una fortuna cifrada en más o menos cien pesetas, una a una, una por una, se perdieran en el lugar en donde se olvidan los sueños de la infancia.
Por aquellos días también se marchó mi abuelo, pero nunca lo olvidaré, como tampoco lo voy a hacer con su óbolo dominical, que convertí en mi primera caja de seguridad, insegura, como luego se ha visto.
Son historias de abuelo cebolleta que recurre a la memoria como argumento para estas párvulas columnas de cada sábado.
Fue en este diario donde leí la noticia que daba cuenta de la merma semanal de la paga de los niños, víctimas directas de esta maldita crisis que no respeta los hogares ni esos euros que semana a semana alcanzan para la primera bolsa de chuches, para la entrada del cine, o para el nuevo juego de la Play o como se llame ahora.
Nuestros hijos crecieron en la opulencia, nuestros nietos en la austeridad, aunque sea una austeridad llena de objetos, caprichos, zapatillas de marca y teléfonos móviles de última generación. Ya no hay marcha atrás, el consumo impregnó, acaso con fortuna, el comportamiento colectivo de nuestros chavales, que han tenido la suerte de nacer y crecer en esta parte del mundo, que como un viejo hidalgo mantiene su gallardía contra viento y marea.
Acaso todo ello sea una consecuencia de una país que ha sido pobre hasta hace un par de generaciones, y que puede volver a las andadas a poco que nos descuidemos.
Los ricos son ricos porque no gastan, y discretos porque la ostentación no cabe en su ADN. Los rapaces norteamericanos se buscan su dinero de bolsillo, su pocket money, ejercitando trabajos que encajan con la dignidad laboral de su juventud realizando tareas laborales en vacaciones o durante los fines de semana. Trabajando de camareros, pintando vallas de jardín, cortando el césped o repartiendo pizzas a domicilio sin que los anillos se les caigan y contribuyendo a la economía familiar, sean hijos de un senador o de un jardinero.
Está en el origen de una cultura del comportamiento que tiene mucho que ver con el aprendizaje de una forma de entender la vida basada en la abnegación y el esfuerzo, que se sintetiza en el valor del trabajo y en los principios religiosos de la contrarreforma.
Yo sigo pensando, preguntándome, adónde fue a parar mi caja del tesoro, mi pequeña colección de pesetas de papel que guardaba domingo a domingo cuando todavía estaba iniciando mi oficio de hombre, construyendo la persona que he sido y que aún sigo siendo.