Ayer nuevamente. Cada cierto tiempo amanecemos sacudidos por una tragedia en el mar. Esta vez sin sobreponernos del Santa Ana y de otras varias tenemos que afrontar la de las Cíes. Porque el mar, y en Galicia sobre todo somos mar, tiene la mala costumbre de darnos zarpazos cuando menos lo esperamos.
Solo la gente del mar comprende a la gente del mar. Quizás porque como decía Borges, el mar es un antiguo lenguaje que hay que saber comprender. Y los que no sabemos del mar somos incapaces de llegar a adivinar el riesgo y la dureza que supone buscarse el pan en el infinito. Nos lo explicó, al tiempo que nos lo reprochaba, aquel niño de O Grove cuando la plaga del chapapote. «Non saben nin o que somos. Chámannos pescadores e somos mariñeiros».
Por eso los que no entendemos el antiguo lenguaje del mar, que decía Borges, deberíamos de ser profundamente respetuosos y comprensivos por quienes hacen su vida entre las olas para que los demás podamos alegrar nuestros paladares. Respetuosos y comprensivos siempre; no solo en el drama, sino también cuando se manifiestan en O Hórreo pidiendo trabajo. Porque un mariñeiro no es un periodista, un parlamentario, un policía, ni un delegado del Gobierno. Es un héroe. Y ya Joseph Conrad, que escribió más que nadie sobre los océanos, dejó dicho que «el mar nunca ha sido amable con el hombre; como mucho, ha sido el cómplice de la crueldad humana».