Con la puntualidad que la cuestión requiere, nos llega, como cada semestre, el maldito cambio horario. Un acuerdo perverso que hace del día noche o de la noche día, que nos roba horas que luego tenemos que devolver y que convierte el inicio del sueño en una pesadilla. Como casi todo, la medida tiene defensores y detractores, pero mi posición, que ya ha quedado clara, no se basa tanto en los trastornos que origina sino en los curiosos argumentos que se utilizan para justificar tal cambio.
Según los datos publicados por el Instituto para la Diversificación y el Ahorro Energético, este cambio de hora permite un ahorro de energía equivalente a unos trescientos millones de euros. De estos, noventa millones corresponderían al potencial de los hogares, lo que supone un ahorro de seis euros por hogar y los restantes se ahorrarían en los edificios del sector terciario y en la industria. En el caso concreto de Galicia, el ahorro energético supone solo un 0,4 % del total, es decir, en torno a un millón de euros, de los más bajos del país.
Lo primero que sorprende es que las cifras totales de ahorro, en euros, son bastante similares a las publicadas en años anteriores. Sin tener en cuenta la reciente caída de la actividad industrial, en los últimos años el número de hogares a los que se le ha cortado la luz ha crecido exponencialmente hasta alcanzar un millón cuatrocientos mil en el último año, algo que las cifras no reflejan. Lo segundo, no menos sorprendente, es que con la demencial política energética actual alguien pueda estimar el precio del kilovatio/Soria y afirmar que cada hogar ahorra seis euros al año.
Los responsables del cambio de hora no han tenido en cuenta, por el contrario, algunas consecuencias negativas derivadas de este vaivén horario. Según estimaciones propias, cada español invierte en torno a una hora en entender el mecanismo para cambiar la hora en el reloj de su coche. Adicionalmente, en los días anteriores, invertimos entre seis y ocho horas en discutir con los compañeros de trabajo si el reloj se adelanta o se atrasa, con la consiguiente pérdida de productividad. Como pueden ver, va lo comido por lo servido.
Como otras veces, les propondré una solución, no más absurda que la actual, para salir del entuerto: hagamos que del treinta y uno de marzo pasemos al uno de mayo, robemos un mes para ahorrar energía y suprimamos el mes de abril. Si recuerdan, ya lo cantó Joaquín Sabina, a quien, por cierto, el cambio horario actual le ha hecho un flaco favor estropeando su famoso «Y nos dieron las dos y las tres?».
Todo esto les parecerá una broma, pero, en el fondo, lo que me fastidia es no recordar dónde estaba el 30 de marzo entre las dos y las tres de la mañana.