En las últimas semanas he seguido con atención en los medios la polémica surgida en torno a la tala de árboles en la villa lucense de Sarria. Más allá de que cualquier tala de árboles, en un entorno urbano, es siempre un fracaso, me ha sorprendido profundamente la torpeza y falta de sensibilidad de los defensores de tal actuación.
Para los lectores que no estén al tanto, les pondré en antecedentes. Una plataforma vecinal denunció el daño medioambiental y paisajístico del proyecto de remodelación urbanística del entorno del río, que se llevará por delante una de las zonas verdes más importantes del centro de la villa. El plan de reforma del Malecón, impulsado por el Ayuntamiento y la Confederación Hidrográfica Miño-Sil, es también cuestionado por asociaciones y grupos ecologistas que critican, además de su elevado coste, su falta de efectividad para evitar las inundaciones.
Los responsables políticos, cuya formación medioambiental desconozco, han salido a la palestra afirmando que la mayoría de los vecinos están a favor del proyecto porque no se han manifestado en contra del mismo, y que la plataforma en defensa del río trata de ganar en la calle lo que no ganó en las urnas. Dicho de otro modo, en vez de mostrarse orgullosos de que una parte de los vecinos se preocupen por el patrimonio ambiental de la villa, o cuestionar sus argumentos con datos técnicos, nuestros representantes apelan a la mayoría silenciosa en una extraña forma de fomentar la participación vecinal.
La tala de árboles en este tipo de entornos, y ahora no me refiero solo a Sarria, suele ser la lamentable consecuencia de una deficiente gestión urbanística en el ámbito municipal. Los árboles son los paganos de la ignorancia, cuando no la corrupción, de corporaciones y gobiernos que se han entregado a un crecimiento irracional y a la especulación urbanística en villas y ciudades. Por ello, e independientemente de la actual polémica, no estaría de más repasar qué ha ocurrido en este ámbito en nuestros pueblos para que la solución a los problemas sea cargarse nuestros espacios verdes.
La defensa de los árboles de Sarria no se basa solo en criterios botánicos o ecológicos, que sin duda los hay, sino también en su valor estético, histórico y cultural. Bien entrada la segunda década del siglo, esta actuación es un signo de atraso e ignorancia, ya que existen alternativas más conservadoras y menos agresivas, que los técnicos empiezan a poner sobre la mesa.
No me resisto, para terminar, a recomendar a los defensores del proyecto una canción de Adriano Celentano llamada Un árbol de treinta pisos. Tiene más de cincuenta años, pero, sorprendentemente, refleja perfectamente lo que está ocurriendo en Sarria: «El alcalde, asegura que, la ciudad es moderna, no hace caso si dices, que el cemento tapó sus narices».