Un nuevo zar y un nuevo sultán

Yashmina Shawki
Yashmina Shawki CUARTO CRECIENTE

OPINIÓN

¿Será casualidad que los países herederos de los imperios que provocaron la guerra de Crimea de 1853 a 1856 estén reviviendo una nueva fase de hostilidad poco más de 150 años después, o solo es una escaramuza consecuencia de conflictos cerrados en falso? Mucho parece haber cambiado el mundo y, sobre todo, Europa, desde el siglo XIX, pero, a la vista de los últimos acontecimientos, es evidente que las heridas no curadas con justicia siempre dejan cicatrices que al mínimo roce vuelven a sangrar. Ya no vivimos sometidos a imperios como el ruso, el austrohúngaro, el británico o el otomano, pero, ¿acaso no es otro tipo de imperio el de los intereses económicos y de influencia que marcan las pautas de las relaciones internacionales?

La extensión de las democracias y la existencia de Parlamentos elegidos en los países con una trayectoria consolidada garantizan un mayor poder de los ciudadanos, pero la manipulación de sus procedimientos ha permitido que, bajo la pátina de la igualdad, tiranos y dictadores se sienten en las presidencias y actúen como nuevos emperadores.

Para muestra, el nuevo zar ruso, Vladimir Putin, quien con una serie de maniobras lleva gobernando la Federación Rusa desde el 2000, primero como presidente, después como primer ministro y de nuevo como presidente. Y quien sin ningún tipo de pudor se ha apropiado de Crimea como castigo por la sublevación ucraniana. O el aspirante a sultán, el turco Rayib Erdogan, quien con la prohibición del uso de Twitter ha dado un paso más en la supresión de libertades y derechos de sus ciudadanos con el fin de garantizarse una reelección que suma al país en una teocracia islámica. Un nuevo zar, un nuevo sultán y un nuevo conflicto por Crimea: ¿déjà vu?