Salarios de seres superiores

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Se están publicando estos días noticias muy agradables para sus protagonistas: los sueldos de algunos ilustres directivos de grandes empresas españolas. No hablo de propietarios, hablo de directivos. Da gusto ver las cantidades y sus conceptos: algunos superan los mil millones de pesetas anuales, lo cual es digno de gran admiración. Se nota que son seres superiores, porque hay que ser muy superior al resto de los mortales, incluso al resto de los empresarios, para alcanzar esos niveles. Asombran también los conceptos, porque se les garantizan planes de pensiones que deben equivaler a lo que cobran un millar de pensionistas normales juntos. En fin, que son una especie de divinidades. No me extraña que desde sus talonarios vean un panorama positivo del país. A estos les cuentas cómo vive la gente de los barrios y se creen que les cuentas una novela o que hablas de ellos por pura envidia.

Y yo lo confieso: hablo de ellos con envidia. Solo me consuela suponer que les dolerá la cabeza como a mí, que el médico les prohíbe algunos placeres como a mí y que al mirar las fotos viejas notarán que han envejecido como yo. Es lo que tiene la naturaleza: que iguala lo que desigualan los consejos de administración, siempre afanados en ver cómo reducen los costes salariales de abajo, pero son extremadamente generosos con el genio que los dirige. Eso sí: los de los mil millones han tenido el detalle de comunicar que han cobrado un 8 o un 9 % menos que el año pasado. La solidaridad con los pobres es la solidaridad.

Yo supongo que, si se gana eso, es porque es el precio de mercado. Entiendo que si los consejos y las juntas de accionistas autorizan esas cifras, es porque no se puede pagar menos. Pienso que a genios así es mejor tenerlos bien pagados que tenerlos en la competencia. Y tienen razón quienes dicen que, si son empresas privadas, los accionistas pagan como les da la gana. Pero, una vez confesada la admiración y la envidia y establecida esta última y mínima cautela, me atrevo a pedir un poco de prudencia; un poco de contención.

Y lo justifico: hace solo unos días se publicó el estudio de la OCDE que podríamos llamar de la vergüenza española. En él se informa de que nuestro país se situó en la cima del crecimiento de la desigualdad social, porque el 10 % de la población más pobre perdió el 14 % de sus ingresos anuales entre los años 2007 y 2010. Esa gente existe, está por ahí, lee los periódicos y trata de vivir en medio de mil penalidades. En muchos de sus hogares no entra ningún sueldo ni subsidio. No quiero hacer demagogia. Solo quiero decir que, en medio de tanta angustia, esos sueldos en las capas altas pueden sonar como una provocación.