La máquina de Sydney


Una vez tuve la ocasión de tomar un café con Sydney Brenner, premio Nobel de Medicina y uno de los tres científicos que más contribuyeron al desarrollo de la Biología molecular en el siglo XX. Nunca olvidaré la sorpresa que me llevé cuando abrió la puerta de su domicilio en Ely -Inglaterra- y nos recibió, a un colega y a mí, en zapatillas y bata de andar por casa.

Durante nuestra conversación, Sydney nos reveló su particular visión del futuro: «Un día entrarás al supermercado, y allí será muy común encontrarse una máquina de ADN. Meterás el dedo en dicha máquina y te extraerá una diminuta muestra de sangre, a partir de la cual obtendrá tu perfil genético en cuestión de segundos. Si en tu ADN hubiera algo novedoso, obtendrías un premio en metálico».

Durante mi vuelta a Cambridge, en el tren, no pude evitar recordar aquella película titulada Gattaca sobre una sociedad del futuro en la cual los avances tecnológicos en el ámbito de la genética regían la vida de todos los habitantes. La película nos cuenta la historia de un chico que, al nacer, le dicen a sus padres que, por sus rasgos genéticos, tendría muchas posibilidades de sufrir una enfermedad cardiovascular.

En Gattaca las personas eran catalogadas en aptos y no aptos desde su nacimiento para desempeñar determinados trabajos, de acuerdo con sus respectivos perfiles genéticos. Dejando a un lado, por el momento, las cuestiones éticas subyacentes a esta historia, una sociedad así requeriría una máquina como la que describía Sydney; una máquina capaz de obtener y analizar el ADN de las personas en cuestión de segundos, y tan común que te la podrías encontrar hasta en un supermercado. Me preguntaba entonces cuán lejos estamos de convertirnos en la sociedad de Gattaca.

El junio del año 2000, Bill Clinton presentaba al mundo la secuencia del genoma humano. Si no lo sabe, le diré que un genoma comprende el ADN de una célula, y que el ADN es la molécula que porta nuestra información genética. Entonces, la secuenciación del genoma humano se equiparaba al hito de haber pisado la Luna, pero al poco tiempo surgieron voces de científicos desconcertados por el poco impacto que dicho logro estaba teniendo. Se empezaba a pensar que las expectativas del proyecto habían sido sobreestimadas. La secuenciación del primer genoma humano había tardado 13 años en conseguirse, y tuvo el coste astronómico de tres mil millones de dólares. James Watson, que 50 años atrás había descubierto la estructura del ADN, llegó a decir que, aunque estaba orgulloso de los resultados del proyecto Genoma Humano, este no cambiaría decisivamente la medicina hasta que la secuenciación de genomas personales fuera muy barata.

Catorce años después, el desarrollo de las tecnologías de secuenciación nos ha llevado a disponer de máquinas que permiten secuenciar el genoma de una persona en cuestión de horas y por menos de mil euros. En manos de los científicos, esta tecnología nos está permitiendo avanzar más rápido que nunca en nuestra lucha contra enfermedades como el cáncer o el alzhéimer. En manos de aseguradoras y bancos, la información de nuestros genes puede ser empleada para clasificarnos en aptos y no aptos de cara a concedernos un seguro médico o una hipoteca. Parece, pues, que cada vez nos parecemos más a Gattaca.

Una curiosidad más: actualmente existen prototipos de máquinas que permiten secuenciar un genoma en minutos, que podrían venderse por menos de cien euros, y tan pequeñas que caben en una mano. ¿Será esta la máquina de la que me hablaba Sydney?

José C. Tubío es Investigador del Wellcome Trust Sanger Institute de Cambridge.

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