Desde nuestra adhesión en 1986, Europa ha pasado de ser una aspiración a una realidad cotidiana. Porque Europa tiene un impacto constante en nuestro día a día. Europa legisla desde las tarifas de roaming del móvil a la política de competencia entre gigantes empresariales. Desde los controles de acceso a un aeropuerto, hasta la política común de agricultura o pesca. Desde la protección de derechos del consumidor, a las redes transeuropeas de transporte.
Sin embargo, en los últimos años la Unión se ha ido alejando de los principios fundacionales recogidos en el Tratado de Roma, aquellos que pretendían el progreso económico y social de los países integrantes y la constante mejora de las condiciones de vida y de trabajo de sus pueblos. Porque la construcción de la Europa social no ha acompañado a la de la Europa económica.
En este tiempo, la mayoría conservadora imperante en las instituciones europeas ha impuesto un sesgo ideológico al proceso de construcción europea que ha alejado a Europa de las aspiraciones de los ciudadanos. Esa mayoría ha puesto el énfasis en la libertad de capitales, la desregulación financiera, la desprotección laboral, defendiendo que para ser competitivos en el mundo había que maximizar los beneficios empresariales y minimizar los derechos sociales y los controles democráticos. Y eso ha tenido consecuencias claras: concentración de la riqueza en manos de unos pocos, aumento de las desigualdades, crisis de las instituciones democráticas. En suma, una Europa más desigual, menos solidaria.
Y esto se ha agravado con la gestión de la crisis. La mayoría conservadora ha impuesto un relato falso en el que los excesos de gasto público y de deuda han sido los causantes de la crisis cuando, salvo en el caso de Grecia, ha sido al revés: la crisis financiera es la que ha llevado a la crisis fiscal y de deuda. Y en coherencia con ese diagnóstico, ha impuesto como medicina la austeridad extrema. La austeridad como dogma. Como fin en sí mismo. El recorte por el recorte.
Sin embargo, tras cinco años de crisis, la austeridad ha fracasado. El paro crece, la depresión no remite y las brechas sociales se amplían. El recorte inmisericorde del déficit fiscal solo ha provocado el crecimiento descontrolado del déficit social.
El modelo conservador está agotado. Peor aún, está triturando el modelo social europeo y está poniendo en riesgo la propia idea de Europa al distanciar a los ciudadanos de ella y al favorecer el ascenso de partidos eurófobos y xenófobos que amenazan con dinamitar las instituciones comunitarias desde dentro tras las elecciones de mayo. No nos podemos permitir esa deriva.
Europa se encuentra ante el mayor reto desde su fundación: decidir qué quiere ser en el futuro. De la respuesta a ese desafío depende que la herencia que hemos recibido se dilapide o se consolide, amplíe y enriquezca.
Es necesario arremangarse para dar a Europa un nuevo rumbo. Que ponga el acento en lo social, no solo en lo económico. Que priorice la política sobre el mercado. Que prime los mecanismos y controles democráticos sobre los intergubernamentales. Que complete la unión económica y fiscal, pero encuadradas en una unión política y social. Que apueste por la Unión y los intereses del conjunto sobre los nacionales, porque unidos somos más fuertes. Y que apueste decididamente por una nueva agenda del crecimiento que, junto a la estabilidad presupuestaria, prime políticas de inversión que generen actividad económica y empleo. Porque sin crecimiento, no hay control del déficit posible, solo asfixia económica y social.
En suma, una salida más justa a la crisis y para salvaguardar el modelo de democracia y desarrollo social que nos define y diferencia como sociedad en el mundo. Una salida socialdemócrata.
Y ante ese reto, el Parlamento Europeo va a ocupar un papel central porque va a tener más peso que nunca: más atribuciones, más control, más poder de decisión.
Precisamente, porque creo en la política como la mejor manera de resolver diferencias y luchar contra las desigualdades. Porque estoy comprometido desde siempre con la defensa de los principios socialdemócratas de impulso del progreso y del cambio social. Porque siempre he defendido los intereses de Galicia allí donde he estado y cualesquiera que fueran mis responsabilidades. Y porque, hoy más que nunca, Galicia se juega su futuro en Europa, donde se deciden cuestiones vitales para sectores estratégicos de nuestra comunidad como la agricultura, la pesca o el naval. Por todo ello, formar parte del Parlamento Europeo constituye un reto apasionante.
Estos son los retos de Europa, de España, de Galicia. Este es mi reto personal. Y por eso voy a luchar desde la candidatura del Partido Socialista y desde el grupo parlamentario de los Socialistas y los Demócratas Europeos por esa idea de Europa. De más Europa. De otra Europa.
Europa dirige nuestra vida y su rumbo lo cambia quien lo pelea allí.