Los gozos y las sombras

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

15 mar 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Don Gonzalo Torrente me deja, estoy seguro, utilizar el nombre que da título a su más popular trilogía literaria para encabezar este artículo. Los gozos vienen dados por la amabilidad reciente que quebró la secuencia del hostil clima que durante dos largos meses maltrató Galicia, condenándola a la lluvia más intolerante y al viento implacablemente desolador. Todos los días sufriendo la obsesión por el mapa de los grises y las isobaras rendidas ante el secuestro de los anticiclones que habían extraviado el norte, incapaces de crear una barrera que impidiera el acceso de las borrascas que acababan por colarse camufladas de ciclogénesis.

Los gozos, digo fueron esa suerte de interruptor que cambió la secuencia, encendiéndose sobre Galicia la luz solar anhelada, hurtada y deseada. Con el inicio de la cuaresma los soles de marzo se instalaron en esta esquina de la tierra, y como en la crónica bíblica alguien solicitó con vehemencia que se hiciera la luz, y la luz se hizo.

Galicia salió a la calle, se animaron las plazas y los paseos, se frecuentaron bares y tabernas, la alegría se hizo visible en los rostros de los hombres y las mujeres, dicen incluso que el consumo mejoró una décima, y las parejas volvieron a amarse y holgaron felices. Lo mismo ocurrió con la salvaje fauna de los bosques, con las aves instaladas en el viento, y supongo con los peces de la mar. Aguardamos que esta tregua dure, perdure y que no sea un volátil espejismo.

Pero también las sombras acecharon y en la mar se cobraron su tributo ritual. Regresó la tragedia una noche de mar en calma en la que apareció la muerte. Y la crónica incesante de naufragios que bordean la costa escribió otra línea, otra esquela de agua, en la nómina del dolor incesante que nutre la infinita memoria de la mar en nuestra costa, en los pueblos marineros. La muerte llegó envuelta en la noche, camuflada en las sombras empujando al Santa Ana contra la barrera pétrea de las rocas. La muerte en la mar es cobarde, mata por sorpresa, asesina a traición, es caprichosa, elige a sus víctimas al azar, y en esta ocasión actuó mientras seis marineros estaban durmiendo. La muerte en la mar decreta cada año su cuota de naufragios, se nutre de ahogados que con frecuencia devuelve a las playas días después de haberlos secuestrado, retenido en los caminos secretos de las corrientes marinas. Galicia tiene un huerto de cruces, un cementerio marino en todos los pueblos de la ribera.

Esta vez no ha sido la galerna ni el temporal, ha sido la muerte que ha vuelto a tender una celada. La muerte navegaba a bordo del Santa Ana.

Son los gozos y las sombras, es la vida y su carro de contradicciones, es Eros y Tanatos, es el dolor y el placer, es un qué se yo que no cabe en esta columna que da razón una vez más de los gozos y de las sombras.