Los gallegos del mar

OPINIÓN

11 mar 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Los griegos, o Platón, diferenciaban entre los muertos, los vivos y quienes andaban en el mar. A estos últimos pertenecieron siempre una gran parte de los gallegos, que atraídos por la necesidad y por la prosperidad relativa frente a la tierra de escasez y pobreza, les llevaban al mar. O a la emigración.

Pasados los años primeros de este siglo XXI pareciera que los mares y los hombres de Galicia apenas cambiaron. Menos pescado, menor rendimiento, menos beneficios, siempre salario escaso y vida dura. Pero los gallegos de nación buscaban quedar en tierra. Pareció entonces que los marineros gallegos serían sobre todo indonesios, peruanos, ecuatorianos, caboverdianos. Hombres que frente al mar de cerca, o de lejos, mueren. Como gallegos. Pero de nuevo estos últimos años muchos gallegos sin encontrar vida en tierra -aquí o fuera- volvieron otra vez a ser del mar, por necesidad.

Los barcos, aún de armador gallego, enarbolan banderas de Portugal, Francia o Inglaterra en los mares de cerca, como este Santa Ana. Sus puertos van desde Setúbal a Matosinhos, A Coruña, Avilés, Santoña o Pasajes. Los puertos de los hombres son Abelleira, Muros o Santiago de Tal, pero también otros desconocidos de Portugal o Indonesia. El mar máximo siempre el mismo. El del Atlántico, del Cantábrico, de Gran Sol. El pescado corriendo de mar en mar y los barcos y los hombres tras él. Xarda, xurelo, bonito, pez espada o palometa.

Poco importa que en los mares del mundo mueran anualmente veinte o treinta mil hombres. Ni que los naufragios puedan ser parte de nuestra literatura, de nuestro costumbrismo, incluso de esa reclamada épica -estremecedora y escasa- del mar.

Si nos ceñimos a los más de 340 que han muerto en los últimos veinte años en los mares de cerca, la literatura da paso a la congoja, el costumbrismo al sufrimiento, y la épica se reduce a unas duras jornadas a bordo y a una vida sacrificada -para ellos y los suyos- que el mar impone a quienes lo trabajan.

Siempre. Año sí y otro también, hay un día o dos, a veces más, donde el mar sorprende. Provoca la tragedia. En el mar de lejos, en una acantilada costa, en un bajo costero como el de la Erbosa. Error, imprevisión, fatalidad. Siempre la necesidad de vivir. Del patrón, de los marineros, del armador.

Cuando los mares de invierno se enfrentan a los hombres, a veces ganan. Apenas una vez de cien, pero el mar gana al hombre. Y los muertos de cada vez ya no son una estadística, ni una crónica de dolor sin esperanza. Son personas, con vida, futuro, problemas, familia, ya rendidas en los mares. Se prolonga entonces la búsqueda de cuerpos ahogados. Procurando cerrar el duelo.