Los cuernos de Antonio


A veces, si no fuera por el iPad que tenemos delante, podríamos pensar que hemos vuelto a los ochenta. Habrá quien se sienta cómodo en aquellos años de improvisación adolescente, pero cuidadín con el efecto placebo de la nostalgia. En los ochenta, es verdad, pasaron cosas macanudas en España, pero un repliegue sin condiciones de treinta años no es más que la constatación de un fracaso. A ver. Recordarán que en cuantito empezamos con esto de la crisis para explicar la debacle echamos mano de la máquina del tiempo. Nada nos perturba más a los humanos que perderlo, así que vislumbramos la magnitud de la catástrofe al comprobar que el paro, el PIB, la deuda, el ahorro y, yo qué sé, cualquiera de esas grandes dimensiones habían emprendido una preocupante marcha atrás. Ahí empezó nuestro viaje en el tiempo, una peripecia que no nos ha llevado hasta la atmósfera audaz de la movida, sino al atosigante ambiente de aquella democracia balbuceante. Encendida la moviola económica, esa que retrasó a la clase media hasta convertirla de nuevo en baja, fue fácil endosarnos otro tipo de retrocesos. Ahí está el ministro de Justicia gallardoneando con el aborto y con la seguridad y Feijoo templando gaitas con el estrambótico discurso de reivindicar una ley del 85, como si por el mundo y las mujeres no hubiera transcurrido desde entonces un universo. Pero la evidencia más poderosa de este inquietante viaje al pasado es la conmoción social desatada por la infidelidad de Antonio Alcántara y la delirante necesidad que los responsables de Cuéntame han sentido de justificarla, hasta el punto de aceptar que la audiencia no hubiese soportado ver a Imanol Arias sobre otra mujer... Ojo con el viaje al pasado a ver si nos plantamos en los cincuenta.

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Los cuernos de Antonio