Revisando imágenes de este último tiempo, sobrecogen los destrozos de mar y viento en las costas de Galicia. La urbanizada -con mesura o atrevimiento de más- y la natural. Sorprende, sin embargo, la escasez de noticias e imágenes de los daños en el propio mar. Un mar que, más allá de las faenas de pesca y marisqueo, sostiene fondeadas más de tres mil bateas donde viven y se cultivan unos quince mil millones de mejillones, que en cosecha aportan hasta un 20 % de la pesca fresca desembarcada en Galicia. Condicionada, más que menos, por la persistencia -natural y administrativa- de las mareas rojas, y otra vez más con estos meses de temporales, por el oleaje de un mar embravecido.
En el Portus Magnus Artabrorum, en dos de sus rías, Ares y Betanzos, vengo de escuchar el mar desde hace años. Acostumbrado a los mares de fuera, y a las rías de Arousa y Noia, la descubierta del golfo Ártabro transformó el sentir del mar. Hacer descubiertas de sus secretos, recorrer en tiempos muertos su costa acantilada, conocer los engaños del mar de la Gaivoteira, las innumerables estrellas de mar que pueden vivir a expensas de una cuerda colectora de semillas de mejillón en los abiertos de Miranda, o la placidez por días de la aguas de Arnela y sus long-lines, vivero trabajado de mejilla al alcance -en dura competencia- del bateeiro o de las chepas. Un pez obsesivo, primo del besugo y ollomol, carne prieta y sabrosa por más que desconocida, que entre primavera y verano alcanza las aguas someras de nuestras rías, y depreda intensamente la mejilla recién fijada.
Recorrer la ría con Fito, Curtis, Máximo o Vicente, oír contar de sus corrientes, de sus fondos, de cuando corre el calamar y la pota, de sus cons y rocas. Escuchar cuando te dicen de cómo corre las aguas, de la importancia que tiene el Eume, el Mendo y el Mandeo, de sus vientos entremezclados, del cambio del viento norte de las rías del sur por el nordés fecundador, ofrece el conocimiento de un mar distinto. Un mar más de las alturas de aquel de la Bretaña de juventud, que de la intensidad vivida en Arousa y Muros, antes de asentar el trabajo en Lorbé. El golfo Ártabro permite unas escuchas del mar entremediadas entre la serenidad amplia y compleja del mar de Arousa y los mares broncos de la Candieira o el Ortegal.
Uno quisiera estar dotado de las capacidades de los pilotos árabes -aquel Simbad de don Álvaro Cunqueiro- y haber adivinado en sus escuchas las iras de un mar embravecido de Redes a Arnela, de Miranda a Lorbé. Un mar en el que sus olas de siete, ocho y diez metros destrozaron bateas, soltaron flotadores, tronzaron vigas, enredaron cuerdas y arrancaron mejillón hasta convertir, mes tras mes de temporal cerrado y agotador, el Ártabro en desolación. Con barcos y marineros en tierra y una economía del mar descabalgada.