Cuando a comienzos de febrero se anunciaron los datos de enero sobre empleo, la bajada del paro, continuada desde hacía ya seis meses, fue desautorizada de plano por la oposición de izquierdas y las fuerzas sindicales, que volvieron a negar al alimón cualquier relevancia a aquellas cifras.
Ayer supimos que el número de parados anotados en las oficinas de empleo ha bajado por séptimo mes consecutivo (hay 227.736 menos que hace un año) y además que este febrero ha sido el primer mes, desde mayo del 2008, en el que el número de afiliados a la Seguridad Social ha crecido en lugar de descender. De hecho, aunque esa subida resulta aún muy baja (38.694 cotizantes más), como lo es el ascenso de afiliados medido en términos interanuales (61.557), lo cierto es que, desde el comienzo de la crisis, y tras 68 meses perdiendo empleo neto, ha subido por primera vez, en lugar de descender, el número de personas que trabajan en España.
¿Es una buena noticia? Parece obvio, aunque quien tuviera ayer la oportunidad de escuchar las reacciones de los dirigentes de la izquierda y de los sindicatos se habrá quedado estupefacto: todos hacen a la buena nueva luz de gas, para que los españoles dudemos de lo que indica el sentido común más elemental, y siguen en lo suyo.
¿Y qué es lo suyo? Pues negar todo signo de mejora en la salida de la crisis con la esperanza de que ello no favorezca a quien gobierna. Antes lo hizo el PP y ahora la izquierda y los sindicatos, que preferirían ver a aquella en el Gobierno en lugar de a la derecha. Es duro reconocerlo, pero no duden de que, por desgracia, las cosas son así: aplicando a rajatabla el lema de que «cuanto peor, mejor», la oposición actual no se alegra, sino todo lo contrario, de que haya signos de mejora en nuestra maltrecha economía, pues teme -con muy buenos motivos, es verdad- que ese será en el terreno donde se jugará el resultado de las próximas elecciones generales.
Por eso, la izquierda, alterada ante la posibilidad de que lleguemos a finales del 2014 con una situación económica sustancialmente mejor que la de finales del 2011, insiste en convencernos de que cualquier atisbo de mejora es pura filfa, pues, como ya proclamó Rubalcaba en el debate del estado de la nación, «lo peor está todavía por llegar».
El domingo pasado les hablé aquí de esa mala política que nos lleva a la debacle y la verdad es que, de todas las malas políticas que cabe imaginar, esta es la peor, pues contribuye objetivamente a dificultar la salida de la crisis, al impedir que mejore la confianza en que los tremendos esfuerzos que hemos hecho millones de personas tendrán alguna utilidad. Si de los que compiten en elecciones dependiera, las crisis -hoy por unos, mañana por los otros- serían siempre interminables. Y el país, en medio, pasándolas canutas.