El acto de matar

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

Son asesinos que cuentan sus crímenes con la naturalidad del jardinero que habla de sus podas. Muchos documentales dan voz a las víctimas de atrocidades, pero The Act of Killing («El acto de matar») es un autorretrato de alegres verdugos que no necesitan negarse a sí mismos, es la bofetada de la impunidad. El reportaje se centra en los criminales que exterminaron a comunistas en Indonesia durante el régimen de Suharto. Y la definición de comunista era tan amplia que fue una lápida para un millón de muertos. «Nos lo permitían, asesinamos a gente y nunca nos castigaron», dicen los monstruos. Ven más probable la venganza de los fantasmas que la justicia de los vivos. Y tienen razón. Están tan seguros que se prestan a filmar burdas recreaciones de sus crímenes. Cuentan y reproducen ante las cámaras sus andanzas. Se disfrazan de represores y de víctimas, danzando con bailarinas, diciéndoles a actores improvisados cómo gritaban los torturados, cómo lloraban los niños que veían arder sus casas, cómo se mataba a una persona con un cable largo sin mancharse de sangre. El relato recoge tantas escenas terribles que se sumerge en un tedio turbador y surrealista. Es un paseo por el corazón de las tinieblas de la mano de un demonio que aborda su maldad como si fuera trabajo de oficina. «Matar es el peor delito que puedes cometer, la clave está en la forma de no sentirte culpable, basta con buscarse la excusa adecuada», afirman los protagonistas. Recuerdan que «los crímenes de guerra los definen los vencedores». Otra verdad que se clava. Al menos uno confiesa que tiene pesadillas: «No dejan de mirarme aquellos ojos que no cerré». Los ojos de un hombre que él mismo había decapitado. Puede que en ellos se viera a sí mismo.