G. Orwell y China


En un prólogo, redactado en el ya lejano año de 1944, para su inmortal fábula social Rebelión en la granja, George Orwell decía, «es inquietante que, dondequiera que influya la URSS con sus especiales maneras de actuar, es imposible esperar cualquier forma de crítica inteligente». Si uno cambia la URSS estalinista de aquel año por la China de hoy no puede menos que certificar la rotunda actualidad de esa denuncia.

Lo digo por las cautelas que todo un presidente Obama se toma al recibir a un visitante del Tíbet, o por las reformas legales que aprobamos de urgencia en España para no molestar a exmandatarios de aquel país que son presuntamente responsables de prácticas poco democráticas. Por no hablar de las manipulaciones que impiden buscar en Internet los contenidos que aquel gran hermano decide que no son buenos para la salud intelectual de sus ciudadanos. Todas situaciones ajenas al concepto orwelliano de libertad: el derecho a poder decir a los demás justo aquello que no quieren oír.

No es menos cierto que el actual abrazo a la economía de mercado, y el todopoderoso papel del dinero y de las desigualdades sociales, en aquel gigantesco país encaja como anillo al dedo con un pasaje en el que en aquella Granja Animal posrevolucionaria se asumía que «la verdadera felicidad consiste en trabajar mucho y vivir frugalmente; de algún modo parecía como si la granja se hubiera enriquecido sin enriquecer a los animales mismos». Cámbiese animales por ciudadanos y añádase aquello tan orwelliano de: todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros. Y se tendrá el modelo chino actual.

Quizás es por eso que los Friedman que aleccionaron en los años 80 a los cachorros de la actual nomenclatura china no se cansan de predicar la necesidad de tomar buena nota de lo que no nos podemos permitir en otras partes del mundo si queremos competir con el modelo chino. Fueron los mismos que les vendieron el ejemplo de Hong Kong y la idea de que las libertades políticas son secundarias o innecesarias en relación a la libertad de comercio.

Porque los humanos que visitaron la granja animal, según Orwell, «¿qué habían encontrado?, no solamente los métodos más modernos, sino una disciplina y un orden que debían servir de ejemplo para granjeros de todas partes». En 1944 como en el 2014, ni más ni menos. Es por eso que en la China actual también es imposible distinguir quién es el capitalista y quién es el comunista, como sostiene la última frase de la inmortal obra de George Orwell. Y es por todo esto que, me temo, el libro de Orwell setenta años después no circule mucho en su edición -si es que existe- china. Y digo todo esto con la tristeza que produce ver cómo ese otrora gran país camina, a paso de oca militar, por la senda de los peores presagios para el mundo de este siglo XXI.

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