Es lo normal

Luis Ferrer i Balsebre
Luis Ferrer i Balsebre EL TONEL DE DIÓGENES

OPINIÓN

Rechace cualquier regalo, no se deje debilitar por el halago, no coma, adquiera, viaje o mantenga relaciones a cargo de nadie. Rechace el futuro de su hijo por una prebenda, deje de soñar con cualquier capricho y liquidar la hipoteca. No le arregle la vida a nadie, ni pida nada fuera de los cauces reglamentarios. Solicite siempre factura, no admita descuento ni trueque alguno. ¿Es esto lo normal?

Freud desenmascaró al bueno de Rousseau y nos mostró que somos protervos por naturaleza. La civilización y la cultura se fundamentan en la necesidad de articular todos los recursos disponibles para poder ser lo menos malo posible. Creamos mitos, tabúes, religiones, ciencia y normas de convivencia para que nos limiten.

Hoy los grandes relatos ejemplares están desahuciados, se han difuminado los límites simbólicos, esos que no precisan de agentes ni señales de peligro porque nos las inoculan las tan necesarias figuras de autoridad -de «autor»: el que ayuda a crecer-.

Pero, decía Shakespeare que «aunque la autoridad sea un oso testarudo, se puede amarrar por el hocico a fuerza de oro. Solo hay que dejar la bolsa de las monedas al alcance de su mano».

Nada de lo tocante a la corrupción es para escandalizarse. Lo que nos escandaliza es descubrir que eso es lo normal.

Ha sido lo normal siempre porque todos venimos de fábrica con el botón de la codicia, la envidia, la soberbia, la avaricia y el resto de las tentaciones que pinta el Bosco en su Cristo Coronado de espinas. La manida coletilla del «todos son iguales» es un disimulo, la verdad es que «todos somos iguales» y lo que nos alborota es que se sepa. La avalancha de casos de corrupción de estos últimos tiempos abarca todos los ámbitos: eclesiásticos, monárquicos, sindicales, políticos, deportivos, financieros? Nadie se libra porque es lo normal.

Somos seres corruptibles y lo único que podemos hacer frente a eso es crear una realidad simbólica paralela que nos controle. Vale desde un delirio al brazo incorrupto de Santa Teresa, pero necesitamos una narración poderosa para ponerle bocado a nuestro natural desenfreno.

Se nos han derrumbado los clásicos contenedores sociales, la autoridad se ha vuelto borrosa y la sanción soslayable -un reciente estudio de la Complutense pone de manifiesto la dejación de sanciones por parte de los padres a la transgresión de las más mínimas normas de convivencia de los hijos-. Dejados al pairo de nuestra naturaleza, gana la pulsión y vamos a pillar Rolex en vez de setas; los cachorros se compran Ferraris, los concejales cumplen con sus compañeros y los que pueden se lo llevan crudo a Suiza.

Donde acaba el código moral empieza el código penal.

Era visto.