A Barrio Doval, antiguo profesor de la Universidade de Santiago, se le atribuye, entre otras infinitas genialidades, la solución definitiva a los accidentes de ferrocarril. «Si el coche que más sufre es el último -decía-, todos los trenes deberían circular sin último vagón». Se había olvidado del corolario que advierte que «después del último no va nadie», y de que, como diría el profesor Muñoz, que enseñaba Psicología Racional en Comillas, «la ultimidad es un componente esencial de los continuos compuestos». Y algo muy parecido acaba de pasarle a Gómez Besteiro, que en su propuesta de retirar a los políticos de las mesas de contratación y darle esta potestad a los funcionarios, no parece darse cuenta de que por esa vía no se combate la corrupción, sino que, simplemente, cambia de lugar y de sujeto.
El presidente de la Diputación de Lugo debería saber que el que mete mano al concurso casi nunca está en la mesa de contratación, y que ni la maldad de los políticos ni la honradez de los funcionarios son componentes genéticos típicos e invariables. Por eso hay que tener claro que si quitamos al político para poner a los funcionarios solo le cambiamos el disfraz al corrupto. Y por eso me temo que la genial solución de Besteiro, que parece contar con el beneplácito del PSdeG-PSOE, es equivalente a la de Barrio Doval: quitamos el último vagón y se acaban los muertos y mutilados.
Lo que corrompe no es la condición de político, sino el poder. Y si le quitamos el poder a los políticos solo cambiamos la ubicación del problema, sin que ello implique su desaparición. Dentro de lo malo, la clase política es la profesión que vive sometida a más controles y que más y mejor se renueva. Y por eso no quiero pensar qué sería del mundo si los poderes depositados en los políticos volviesen -como en Mesopotamia o Egipto- a una casta de propietarios del servicio público, a los que la antigua Grecia les cortó el negocio mediante el prodigioso invento de la democracia y la política administrada por cargos electos, que todavía hoy se conforma como la más noble y fiable actitud de servicio a los intereses colectivos.
El señor Besteiro es político socialista, y debería sentirse concernido por su propio exabrupto. Y espero que sepa, además, que los mayores nichos de corrupción no están en la alta administración política, sino en los recunchos de poder menos expuestos y controlables del sistema. Y por eso, si me hace caso, debería olvidarse de buscar la piedra filosofal. Porque la cosa es mucho más sencilla que todo eso: si la sociedad en su conjunto sigue adorando a los pillos y a los listos de toda condición, habrá corrupción a espuertas. Y si en cambio adora a los virtuosos, la corrupción se extinguirá por sí sola. Y eso no se consigue con leyes y cancelas, porque nadie le puso puertas al campo.