Estás durmiendo y te despiertas sofocado. Ha pasado el tiempo, pero vuelven aquellas fotografías. Te tranquilizas diciendo que es solo una pesadilla, unas imágenes que parecen sacadas de una distorsión del infierno. Pero en seguida te das cuenta de que esas fotos del horror son las de las torturas de Siria, ese lugar del mundo en el que el hombre está en guerra contra el hombre. Siempre repetimos los mismos errores. El mismo daño. La crueldad. La guerra. No hay sitio para imágenes amables en las guerras. La guerra es un fracaso de las palabras. Es quemar el sentido común y dar paso al acero, al implacable acero. Esas imágenes de torturas y ejecuciones demuestran que el hombre es una bestia para el hombre (y perdón a las bestias). Palizas, barras de hierro que dejan huellas evidentes de los golpes, correas, úlceras de grilletes, latigazos con cadenas... Y otra vez esos cuerpos que hacen pensar en Treblinka, en la solución final de la muerte. En el torpe intento de victoria por la vía de aniquilar al enemigo. No, no hay convenciones en los conflictos armados. Solo hay armas. Pero qué lejos está Siria, aunque de vez en cuando nos interrumpa en Occidente el plácido sueño.