Los ministerios de Hacienda e Industria deberían fusionarse en uno solo: el de Ocurrencias y Rescates. Incapaces de imprimir a Navantia el rumbo que el mercado demanda, de poner en grada una estrategia de futuro sin tantas amarras militares (el dique flotante sería un comienzo), se sacan de la manga un posible buque -megabuque es el portaviones Gerald Ford, de 100.000 toneladas, o el petrolero Álvaro de Bazán, de 169.000, que Bazán entregó en Ferrol en 1972, no estos-, cuyo destino podrían ser las revueltas aguas del expansionismo chino o las de algún país emergente. Construir algo sin cliente ni especificaciones definidas, poner a esos miles de trabajadores a cortar chapa así, es algo triste. Lo poco que ha trascendido después de tres siglos de construcción naval, de bandazos técnicos y patrimoniales, es «ti vai facendo».
Nos hacemos cargo de la dificultad de vender barcos en estos tiempos y de que en los de guerra el penúltimo remache suele ponerlo un primer ministro o un rey, pero ustedes tiran como el Meroka, arma de última oportunidad pensada para derribar los misiles antibuque rozaolas. Y que quedó obsoleto hace tiempo, falto de desarrollo y calibre para las amenazas actuales. El cañón se basaba -aún navega en la serie Santa María- en el llamado efecto perdigonada de doce tubos que lanzaban una lluvia de proyectiles en la trayectoria del misil, confiando en que alguno lo pinchara antes de impactar.
El Meroka es fácilmente reconocible en un Príncipe de Asturias que la Armada no puede modernizar ni vender, encallada además como está en otro grave problema, como es el reemplazo de sus viejos submarinos de tecnología francesa. Dado que el de diseño propio no flota, porque se les ha ido de peso en Cartagena, van a tener que venir a arreglarlo (alargarlo) unos norteamericanos de los que Navantia, reconozcámoslo, depende desde hace tiempo. Porque suya es la chicha tecnológica (radares, misiles, turbinas...) que permitió a la empresa pública exportar fragatas a Noruega, aunque haya hecho cascos e integraciones electrónicas propias muy válidas, porque sus técnicos saben. Ahora parece que la firma será reorientada hacia un consorcio europeo del estilo aeronáutico EADS (el de los Airbus o el Eurofighter). Todo un cambio, porque la Armada es muy US Navy.
No debemos acomplejarnos. Costó mucho pasar de los barcos de madera a los de acero, superar las divisiones internas entre germanófilos y aliadófilos. Si no llega a ser el asesoramiento técnico y gestión de los ingleses a principios del siglo XX, la historia de nuestros arsenales y fábrica de turbinas hubiera sido otra. Y a fe que ha sido exitosa, aunque necesite más de una vuelta de tuerca, pues a bordo ya no habrá Merokas sino cañones láser de alta potencia y armas electromagnéticas para derribar drones y artilugios furtivos. Lo ideal sería dejar de sacar pecho de prestado y apostar por la investigación y los barcos complejos. Los futuros ingenieros de Ferrol y Vigo deben saber que su esfuerzo no se agotará como les ocurrió a los brillantes Monturiol, Peral, Sanjurjo, La Cierva... Siguiendo con las armas, ¿no es paradójico que en nuestro país, harto de construir todoterrenos y blindados, hubo de comprarlos no ya de tecnología alemana sino sudafricana? Ocurrió con los RG-31 para mover soldados con mínima seguridad ante las trampas en Afganistán.
Dirán que el nuevo buque que se hará «contra almacén» es mejor tenerlo que seguir con los astilleros parados. Supongo que ocurre lo del Meroka, producto de una buena idea, después de todo: si te viene un misil, es mejor la perdigonada que nada; pero a estas alturas de la batalla se necesita ir a tiro fijo porque, como dirían nuestros compadres gaditanos, da mucho coraje que los trabajadores e ingenieros se desayunen año tras año con titulares como que «Australia vuelve al rescate de Navantia», «El Gobierno sale al rescate de Navantia» o Venezuela, Brasil, Catar, Arabia Saudí, Sudáfrica o el gran visir podrían rescatar Navantia.