La frivolidad es la cualidad de frívolo. Frívolo es lo que es ligero, veleidoso e insustancial. Un Gobierno jamás puede ser frívolo ni debe caer en frivolidad. No están los tiempos para que las declaraciones de quienes nos gobiernan parezcan veletas que se han soltado del campanario y que vuelan por el aire sin dejar de girar. Los ministros y el presidente no pueden hablar de según qué cifras sin ponerse colorados. Como dijo Ramoneda, con los números del paro o del salario mínimo (congelado, no; petrificado en 645 euros con treinta céntimos), nadie puede tener la cara de hablar de mejoría. Hay demasiados españoles que sufren. Demasiadas familias a la intemperie o casi a la intemperie como para que los que tienen la capacidad se pongan estupendos antes de tiempo, por mucho que este año sí tengamos encima un horizonte electoral. No hay nada peor que una falsa promesa. No queremos más engañifas. Ya saben: engaños, artificios con apariencia de utilidad. Queremos un Gobierno que, después de tanto rescate a los bancos, rescate de una vez nuestros bolsillos agujereados. Y trabajo para poder vivir, no sobrevivir. El destino no puede ser permanentemente un desatino.