Es muy preocupante la noticia de que el sobrepeso infantil continúa aumentando. Ya afecta a un 45 % de los niños y adolescentes, siendo obeso casi uno de cada cinco. Estamos, en estos indicadores, en los primeros puestos europeos, e incluso por encima de EE.?UU. Además, según los expertos, los alumnos tienen un bajo nivel de resistencia y de condición física. Los Gobiernos han tomado conciencia de un problema que ya es grave en el ámbito sanitario y que tiene sus orígenes en el educativo. La recién aprobada Lomce insta a las Administraciones responsables de la educación a promover la práctica diaria, durante la jornada escolar, de deporte y ejercicio físico, los cuales, junto con una dieta equilibrada, deben formar parte del comportamiento infantil y juvenil. Pero una vez más, la reforma de la educación no va a ser capaz de sustituir a la reforma de la sociedad. La familia no está asumiendo la responsabilidad educativa que le corresponde. Falta de autoridad, y consecuente permisividad, propician que el niño haga lo que quiera. Obviamente, elige el camino de la comodidad: comer solo lo que le gusta y permanecer horas delante de la pantalla.
Vivimos en uno de los países donde mejor se puede comer. Por su amplia oferta y por la calidad de sus materias primas. Sin embargo, un 70 % de la población española se alimenta mal. Es, sin lugar a dudas, un problema educativo, que empieza en la cuna. El niño, imponiéndose a sus padres, va consiguiendo comer lo que quiere. Abusa, por ejemplo, de azúcares y grasas, rechazando verduras y frutas. El resultado es una alimentación incompleta, con carencia de nutrientes esenciales y exceso de otros secundarios. Cuando la familia es consciente de la gravedad, suele ser demasiado tarde. Con la actividad física ocurre algo parecido. La televisión o los videojuegos se convierten, desde muy pronto, en un atractivo irresistible para los hijos. Si los padres no ejercen un control, fomentando el juego y el deporte, se consolidarán en ellos unos hábitos sedentarios, que se agravarán con el tiempo, empeorando la calidad de vida, la salud, e incluso el rendimiento escolar.
Cierto es que la familia no cuenta con el apoyo externo necesario para luchar contra este problema. Nuestra sociedad es esencialmente materialista y hedonista y los medios se hacen eco de ello, impulsando un consumismo exagerado y una vida cómoda. Y es curioso que, como contradicción, potencian también la imagen de delgadez y las dietas milagro para conseguirla. La familia no debe dejarse arrastrar por estos modelos. Aunque la formación de los padres es importante, muchas veces es suficiente con un mínimo de sentido común. Se equivoca quien piensa que hay que ir con los tiempos. Educar hoy significa, inevitablemente, remar contra corriente.