08 feb 2014 . Actualizado a las 07:00 h.
Mientras al norte arrecian trenes de olas y borrascas, al sur la tempestad es de carne y hueso. En Ceuta y Melilla los inmigrantes apuestan el pellejo a la única carta que les queda: cruzar la frontera a toda costa. Porque lo que dejan atrás, más allá del Sáhara, eleva a la categoría de sueño ser un sin nada -sin papeles, sin casa, sin familia, sin derechos, sin trabajo- en Europa. Los nativos, niños mimados de fina epidermis y mandíbula de cristal, deberíamos pensar durante un minuto cómo serán esas vidas despojadas de todo para que merezca la pena morir ahogado en una playa de Ceuta o quedarse clavado en las infames concertinas. Porque ni siquiera esta crisis absurda, artificial y maléfica nos ha devuelto la medida exacta de las cosas.