Nada hay más hipnótico que la mar. Cuando se encoleriza, cuando el vendaval provoca que brame el oleaje, cuando la tempestad y la tormenta, cuando el viejo Eolo convoca la furia y en la mar del norte, por Galicia, por Asturias, por Cantabria, por Euskadi el viento acerca la galerna, un estremecimiento se activa en la memoria.
En mis recuerdos de infancia sobresalen las historias de náufragos y de miedos, escuchadas en las tabernas ribereñas, relatadas por marineros a quienes la mar los devolvió a la vida, sanos y a salvos, amparados bajo el manto generoso de la Virgen de la mar, nuestra señora del Carmen.
Memoria tengo de la terrible galerna del año sesenta y uno del pasado siglo, que se cobró la vida de muchos marineros de mi pueblo, de Viveiro-Celeiro. Memoria de tres nombres de tres embarcaciones, el Badiola, el Todos los Santos, y el Mari Loli, que se quedó para siempre en el territorio donde la mar no tiene nombre. Desapareció con toda su tripulación sin dejar rastro. Aquel suceso, que no olvidé nunca, reside en mi memoria de niño, que fantaseó desde el pánico infantil con una nómina de ahogados que la mar no devolvió jamás.
A veces pienso que quizás el Mari Loly sigue navegando en una singladura sin fin por un océano de islas imaginarias enrolado en la flota de los barcos fantasmas que comanda el judío errante, Ashaverus.
Acaso cada vez que la galerna visita la ría de Viveiro, los barcos invisibles recalan en el puerto celeirense en una hora que no registran los relojes.
Blas de Otero tiene un largo poema sobre la galerna, impresiones de un tiempo que le causó al escritor vasco una profunda melancolía que degeneró en depresión. Los franceses que dieron desde el idioma de Bretaña nombre a la galerna llaman así al temible viento del noroeste, el mismo que provoca el naufragio en el texto de Shakespeare, La tempestad, el mismo que envolvía las noches de invierno y que me estremecía con su ulular cuando entre la rutina sonora del aguacero lo escuchaba asustado desde mi cama.
Ha vuelto la galerna, siempre regresa. La mar reclama su geografía, derriba diques y empalizadas, sube la arena a las aceras, mientas las olas cabalgan el paisaje. En Sotileza, de Pereda, está escrita la galerna y los muertos que provoca. Ha vuelto a cobrar su impuesto en vidas que se asomaron a la orilla de los vientos. Nada hay más hipnótico que la mar cuando se encoleriza.