Tenemos dicho que uno de los grandes logros de Fraga primero, y de Aznar después, fue aglutinar a todas las derechas y acostumbrar al contacto con las urnas a un grupo grande de españoles que siempre las consideró un artefacto extraño. Tras recoger los escombros de aquel partido fundado ad hoc para pilotar la transición que fue UCD, la AP de Fraga, refundada después como Partido Popular, absorbió como una bola de mercurio a una constelación de grupúsculos de ultraderecha que llevaban en su ADN el gen autoritario. Ese partido conservador se acostumbró a luchar contra un PSOE que, debido a sus errores, pero también al acoso democrático del PP, fue perdiendo fuelle. La amalgama en la que convivían viejos herederos del franquismo junto a jóvenes de la derecha liberal nacidos ya en democracia, acabó convirtiéndose en una formidable maquinaria electoral, capaz de imponerse, ya con Aznar, a una izquierda que agotó su discurso y su credibilidad.
De forma ajustada en 1996, y de manera nítida en el 2000, el PP convenció a una mayoría de españoles de que no era ya aquella derecha del Cara al sol y la misa diaria. La clave fue la capacidad de Fraga y de Aznar de mantener bajo control a esa ultraderecha montaraz y nostálgica del franquismo, sometiéndola a un discurso crecientemente liberal y obligándola a comparecer obedientemente ante las urnas. El tiempo ha demostrado que ese espejismo de una España libre de la ultraderecha tenía también fecha de caducidad.
En toda Europa, y con la crisis soplando a su favor, gana adeptos la demagogia ultra, que pretende ahora levantar cabeza también en España. Aznar cometió el error de aflojar las riendas que conducían a esa vieja derechona por la senda netamente democrática y de permitir que el discurso autoritario ganara espacio en el PP. Él mismo viró hacia la intolerancia en cuanto dejó el poder. Y así llegamos a Rajoy, obligado a recorrer el camino inverso al de Fraga, librando al PP de sus elementos más reaccionarios, que ya solo son un lastre que no suma y que inspira desconfianza. Una labor esa, la de desprenderse sin traumas de lo caduco, en la que Rajoy se ha revelado como un maestro. La salida del partido de Alejo Vidal-Quadras, la victoria por aburrimiento sobre un Mayor Oreja obligado a hacerse el harakiri, y la ruptura con un Aznar forzado a mostrar su verdadera cara, culminan el gran triunfo de Rajoy en un trabajo en el que lleva años embarcado. Le queda al líder del PP lo mas difícil. Demostrar que puede ganar unas elecciones sin el voto de esa España carca y desfasada, probando así que se trata de un grupo marginal y prescindible para un partido con vocación de perdurar como la gran fuerza española de centroderecha. De conseguirlo, Rajoy no solo se anotará un formidable éxito personal, sino que rendirá a su partido un gran servicio democrático, como el que protagonizó en su día Fraga haciendo el camino inverso.