Ayer las primeras flores del almendro se asomaron tímidamente a las ramas que anuncian febrero. Ese árbol, vecino a mi casa, anuncia el ciclo de la vida con una rutina anual precisa, exacta, que me deja una brisa de alegría que se despereza como quien tiende un arco iris entre las dos orillas de la vida. Ayer, Milagros vio el primer comando, la patrulla exploradora de cinco temerarias golondrinas, aviones o vencejos, cruzando el cielo de Madrid.
Mañana, con la Candelaria, concluye la Navidad, la cuarentena que siguió María, para presentar a Jesús en el templo cuarenta días después de su nacimiento.
Con la Candelaria, última fiesta de la luz en invierno, se me antoja un anticipo remoto de la primavera que ya comienza a descender por la sierra abriéndose paso por los caminos de la nieve.
En la sabiduría popular, en el refranero, con la Candelaria «a metade do inverno vai fóra», por eso en las lupercales romanas, antepasado civil de la fiesta cristiana, se encendían antorchas para combatir la larga noche de la invernía.
El día 3 es San Blas, santo abogado de los males de la garganta, que subraya la llegada de las cigüeñas -por San Blas la cigüeña verás- a este viejo país que siempre acogió al ave portadora de bebés según la tradición fantástica. La cigüeña, con su llegada de las tierras africanas, decreta el declinar de los fríos de enero.
Y bien sé que por los prados de la Terra Chá las prímulas dejarán ver sus cinco pétalos amarillos acariciados por un tibio sol matutino que se abre paso calentando la hierba orlada por el rocío perezoso de la noche.
Sostenía Cunqueiro que, según Le Goff, en Galicia y en las tierras de Bretaña existía un veranillo como el de San Martín que duraba solo un día, el de la Candelaria.
No sé yo si el loco febrerillo desmentirá este año a Cunqueiro y cesará la lluvia obstinada que nos golpeó todo el mes, firmando un tregua por una sola jornada.
Viajamos hacia la luz con las luces de la Candelaria. Los días van creciendo alargando las tardes, la vida se reconcilia con la vida que se va renovando imparable, mientras corren los meses con un vértigo certero.