Hemos pasado de las tabletas de chocolate a las tabletas digitales. Si antes la mejor manera de hacer feliz a un niño era darle una onza de rico chocolate, ahora no hay como regalarle una tableta digital. La tableta como niñera. O cualquier otro artilugio de ese estilo. Vale todo. Teléfonos móviles, ordenadores portátiles, lo que sea, con tal de que estén tranquilos. Cada vez se multiplican más los estudios que advierten de la brecha que se abre entre padres e hijos y del peligro que tiene esa tranquilidad que se gana al dejarles jugar con la tableta en cualquier sitio y a cualquier hora. Todos hemos visto a los chavales con los ojos enrojecidos y hundidos en la tableta o en el móvil mientras los padres nos lo pasamos bárbaro hablando y hablando en alguna comida. Aunque ahora, por cierto, también hay muchos adultos que le hacen más caso al WhatsApp que al que tienen enfrente. Pero nadie sabe todavía el coste que tendrá en el futuro esa manera tan sencilla de quitarnos de encima a los niños cuando se ponen pesados. ¿Qué precio pagaremos por haber pasado de la cultura de la tableta de chocolate (o la taza) o a la de la tableta digital? ¿Dónde están aquellas tardes en las que se veía en familia, todos juntos y sin pestañear, El halcón y la flecha, con Burt Lancaster saltando con su amigo Nick Cravat de almena en almena?