Una infanta entre el morbo y la ira


Tranquila la jauría: mucho o poco, podrá ver a la infanta Cristina entrar al juzgado. Hasta ahora tenía una ansiedad propia de los curiosos (y furiosos) que se amontonaban a ver los autos de fe o los ajusticiamientos de otros tiempos oscuros de la historia. En Palma hay gente con la agenda bloqueada el 8 de febrero para acudir a abuchearla e insultarla. Me cuentan los enviados especiales que han palpado acumulación de ira para soltarla esa mañana. Los balcones con vistas al callejón se alquilaron a partir de 1.500 euros que las televisiones pagan con gusto, porque garantizan espectáculo durante meses y a todas las horas del día, trátese de informativos, tertulias, programas del corazón, espacios serios o telebasura, que una infanta de España da para todos los géneros.

Es posible que llegue en coche hasta la puerta del juzgado, con lo cual el desfile perdería seducción. Es también posible que la policía establezca cordones de seguridad a distancia razonable, porque el juez decano de Palma autoriza «medidas excepcionales en función de las necesidades». Todo eso es posible y razonable, pero la esencia del espectáculo es que se verá a la infanta entrar al juzgado. No es lo mismo verla bajar la rampa para zaherirla y humillarla bien, con tiempo suficiente para dedicarle todos los insultos del mundo o arrojarle huevos, pero habrá foto. Nunca un miembro de la familia real ha tenido que sufrir ese escarnio. Ganado o no, que eso lo dirá la Justicia, ese es un castigo que ningún otro ciudadano ni ciudadana recibe en plena presunción de inocencia.

Es evidente que, estando así el clima social, se cruzan dos derechos: el de la infanta a su seguridad y el de los ciudadanos a tener esa imagen, porque se trata de persona pública que vive del erario público. Por lo tanto, no se puede regatear al pueblo ese derecho, pero tampoco se puede arriesgar a que la infanta atraviese un pasillo humano, expuesta a la agresión física. Si la policía decide finalmente que baje la rampa en coche, será una medida prudente, aunque, si no fuese por la carnaza que se echa a las fieras, yo le aconsejaría que bajase andando; sin actitud de desafío, pero afrontando el momento. Sería un acto de valentía.

Dicho lo cual, es triste que la forma de llegar suscite tanta pasión. Podría liquidar el tema diciendo que es la última estampa del morbo nacional centrado en una persona. Pero es mucho más. Es la ira creada por un caso de corrupción que, por ser quienes son los imputados, se ha convertido en símbolo. Es la oportunidad de oro del republicanismo para desprestigiar a la institución monárquica. Y es, hay que decirlo, la muestra de cómo la presunción de inocencia cae abatida por la justicia popular.

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