Luce esa delgadez propia del que ha pasado hambre solo de forma intencionada. Y ese bronceado que en ningún caso es accidental. Las fotos la delatan. Podría formar parte de esa escena de la película La gran belleza, esa revisión de la Dolce Vita donde celebridades romanas de distinto pelaje bailan rendidas al ritmo de Raffaella Carrà. Ella es la heredera de una monarquía oficiosa, en la que la única corona es la de papel moneda. La hija del que fue rey del ladrillo de Roma en los años setenta. Considerada una de las reinas de los salones de la capital italiana. Tuvo sus malentendidos contables. Las matemáticas y los números, digan lo que digan, son traidores y puñeteros. Fue denunciada por un supuesto fraude fiscal hace más de veinte años. E investigada después por una bancarrota sospechosa. En ambos casos se volatizaron millones. Así, sin más. Como el gas de una botella de champán que alguien dejó abierta por un descuido. Pero Angiola Armellini no consiguió que desaparecieran los 1.243 inmuebles que posee por los que no pagaba ni un euro de impuestos. Vivió como una millonaria y contribuyó al erario público como si fuera una indigente. Con ese sistema de tentáculos que son los testaferros, controlaba una sociedad con actividades y fondos en lugares como Luxemburgo, Jersey y Suiza, y su residencia estaba registrada en Mónaco. El mapa financiero de Armellini no sorprende a nadie. Marca la ruta habitual de las grandes fortunas. Porque, al final, ese galeón hundido, ese sur decadente que combina tribulaciones y picaresca, necesita del norte para pecar. El mismo norte que después castiga a sus vecinos por sus pecados.