Derecho al aborto, retrocedemos treinta años

Josefina Jiménez PORTAVOZ DE LA CAMPAÑA YO DECIDO

OPINIÓN

La nueva regulación del aborto propuesta por el Gobierno cosecha un mayoritario rechazo social que alcanza a miembros y votantes del PP. No es extraño, ya que de ser aprobada, tendrá graves consecuencias sobre las vidas de miles de mujeres con embarazos no deseados que se verán obligadas a viajar a otros países europeos para interrumpirlo. Muchas otras, sin recursos económicos o sociales, tendrán que ser madres en contra de su voluntad o recurrir a prácticas inseguras que ponen en riesgo su vida y su salud.

El anteproyecto nos sitúa junto a las legislaciones más restrictivas de la UE, como Polonia o Irlanda, y es aún más restrictivo que la regulación de 1985: suprime el supuesto de malformación fetal grave, incluidas las incompatibles con la vida; vuelve a considerar el aborto como delito, sin «pena» para la mujer, pero sí para los profesionales sanitarios que lo hacen posible, abandonándolos en la inseguridad jurídica; trata a las mujeres como menores de edad necesitadas de tutela; establece unos requisitos tan exigentes que lo convierten en una auténtica carrera de obstáculos, lo que en la práctica impedirá ejercer este derecho. Y no servirá para el objetivo que dice pretender: disminuir los abortos, como así lo muestra la aplicación de la ley actual. Según datos de la OMS en el 2008, la mayor incidencia del aborto se produce en África y América Latina, con tasas de interrupciones voluntarias del embarazo de 29 y 32 por cada 1.000 mujeres, respectivamente. En cambio en Europa Occidental, con leyes más permisivas, la tasa se reduce a 12, poniendo en evidencia una vez más, que esta no depende de la forma en que se regule sino de las políticas de educación sexual y de la facilidad de acceso a los métodos anticonceptivos. Políticas que, curiosamente, son obstaculizadas por quienes se oponen a reconocer este derecho.

Dicen defender la vida pero su defensa es hipócrita, ¿acaso las vidas y decisiones de las mujeres ya nacidas no importan?, ¿dónde están cuando se trata de oponerse a los recortes en dependencia, los desahucios o las concertinas en las vallas de Ceuta y Melilla? Igualan en consideración y valor, a cualquier etapa del proceso gestacional con el final del mismo, el nacimiento. Por el contrario, somos muchas las personas que pensamos que hay que diferenciar y como ejemplo para simplificar: «cuando nos comemos un huevo no nos comemos una gallina, cuando quemamos algodón, no estamos quemando un traje, que un embrión no es un niño de dos años»; que la protección hacia la vida en gestación debe ser gradual en función de su desarrollo, siendo la viabilidad fetal un criterio importante a la hora de establecer los plazos. Y que les guste o no, esa protección es imposible sin contar con la decisión de las mujeres.

Lo más grave de esta propuesta es la negativa a aceptar el derecho de las mujeres a decidir, incluidas las chicas de 16 a 18 años, en un ámbito tan personalísimo como lo es el de decidir si se quiere o no ser madre y en qué momento. Decisión que tendrá grandes consecuencias sobre sus vidas y las de sus hijos e hijas que merecen venir al mundo con garantías de que serán deseados y atendidos.

Hacen caso omiso de la pluralidad social en este tema y pretenden imponer la ideología de una parte al conjunto de la sociedad en un asunto que atañe a la libertad y el derecho a decidir de las mujeres. Más aún cuando se trata de reconocer un derecho que no obliga a su ejercicio. Será necesaria la implicación del conjunto de la sociedad para lograr la retirada del anteproyecto y que el Gobierno no eluda sus responsabilidades en la salud sexual y reproductiva.