Dejémonos de zarandajas y de medias verdades: el copago no contribuye a sostener el sistema nacional de salud. Al contrario, lo desnaturaliza y lo pervierte. El copago no es una muleta o una prótesis financiera que ayuda a mantener en pie el modelo, sino una forma vergonzante de privatización. Un topo que socava los cimientos que inspiran el sistema, empezando por su carácter público y universal, y un ataque a la equidad.
Pongamos el caso de los fármacos que se dispensan en los hospitales. Se trata de 43 medicamentos, en 157 presentaciones, prescritos a enfermos crónicos que padecen diversos tipos de cáncer, hepatitis C, artritis reumatoide y otras dolencias graves. Pues bien, la Xunta de Galicia, decidida a «cumplir la ley» -una mera resolución del Ministerio de Sanidad-, se propone cobrar a los pacientes el 10 % de esa medicación, con el tope de 4,20 euros por envase. Con ese copago, desembolsado por un millar de enfermos, el sistema sanitario gallego espera ingresar -«ahorrar»- 250.000 euros al año. Esa cifra equivale a siete milésimas del gasto total del Sergas y tres milésimas del presupuesto autonómico: el parto de los montes.
Veamos la medida desde otra perspectiva. Supongamos que los pacientes y sus familias se rascan el bolsillo -de hecho quedan exentos del copago los parados sin subsidio y los pobres de solemnidad- y todos ellos continúan con el tratamiento. Resultado: el Sergas -el sistema- habrá «ahorrado» siete milésimas, pero el gasto total en farmacia continúa siendo el mismo. Solo ha cambiado su composición: antes financiábamos entre todos los contribuyentes la terapia, ahora le endilgamos una parte del coste al enfermo. Al mazazo de su enfermedad le añadimos el expolio de su bolsillo, tal vez en castigo por sus genes inadecuados o los supuestos vicios que lo postraron en el hospital. La solidaridad se pone en fuga y colocamos un trombo en el corazón del sistema. Curioso modelo fiscal este que estamos forjando, basado en que paguen más, no los que más tienen, sino los más enfermos.
Por eso no se comprende el empecinamiento del presidente Feijoo en aplicar una medida que, además de injusta y discriminatoria, significa una tachuela en la rueda del sistema. No se entiende su teima por desmarcarse de los Gobiernos «amigos» que rechazan el copago. Ni su obstinación por ser más papista que su propia secretaria general. A no ser que su lealtad al sistema público de salud, en cuya sala de máquinas ejerció durante algunos años, se haya marchitado hace tiempo.