«Españolito que vienes / al mundo, te guarde Dios / una de las dos Españas / ha de helarte el corazón». Cuando Machado escribió esos versos, incluidos en uno de nuestros más hermosos poemarios (Campos de Castilla), el autor sabía de un país en crisis, que se debatía «entre una España que muere / y otra España que bosteza». Tal crisis, como tantas otras de la época, se dirimió del peor modo imaginable -con una guerra civil devastadora- de la que nacieron otras dos Españas más (la roja y la franquista) que muchos, por su edad o por simple sectarismo, no quieren enterrar.
Pero a medida que descienden la edad y el espíritu sectario, nos encontramos con millones de españoles a los que ya no le interesan ni las Españas de Machado ni las que condujeron a la tragedia de 1936. Vibran, eso sí, con las dos que hoy les rodean, para ellos muy distintas.
Una es la España del trabajo -al tiempo, por desgracia, la de un paro aterrador-, es decir, la de los empleados (públicos o privados, más o menos preparados) que viven de un salario y realizan funciones esenciales sin las que la sociedad no podría funcionar: desde curar a los enfermos hasta recoger todas las noches la basura. Es la España de los empresarios responsables, que, además de pensar en el beneficio comercial, sin el que ninguna empresa logra pervivir, asumen la responsabilidad que tienen con sus asalariados y con la sociedad; y es la de los comerciantes que ofrecen honestamente productos o servicios a cambio de un precio razonable, en un tráfico mercantil equilibrado, que les permite vivir y progresar.
Es la España de quienes saben que todos ellos son, en su medida, necesarios, y que sin una de las patas de ese complejo entramado económico y social todo se iría a hacer puñetas.
Luego está la otra España: la de los que cobran salarios formidables (muchas veces sin más méritos que haber desempeñado un cargo público), o la de los que ganan mucho menos, pero defraudando de hecho a quienes les pagan un estipendio inmerecido. Es también la España de los especuladores, que en el mundo del comercio o de la empresa creen que todo vale para sacarle al personal un euro más o para poner su patrimonio personal a buen recaudo en perjuicio de aquellos con quienes se han contraído deudas pequeñas (los trabajadores) o astronómicas (la Hacienda pública o las entidades financieras). Es la España de los abusos, los chanchullos, la corrupción, la Gürtel y los ERE andaluces, el levantamiento de bienes, las estafas, los fraudes y, en una palabra, la sinvergonzonería.
Mucho más que las de Machado, de las que hablan los historiadores, y que las de 1936, de las que hablan los políticos, esas son, en realidad, las dos Españas que hoy perciben, con un cabreo en progresión, la inmensa mayoría de los ciudadanos del país.