El efecto Woody


Parece que está de moda entre cierta crítica atacar las últimas películas de Woody Allen. Como si Woody Allen fuesen dos. Ha vuelto a suceder con la jugosa e ingeniosa versión, como me apuntan rápido en las butacas, que hace de Un tranvía llamado deseo en Blue Jasmine. Cate Blanchett como Blanche debería de tener el Óscar garantizado. De los últimos trabajos de Allen solo me parece fuera de cámara Vicky. Y no digamos si comparamos sus películas con otros estrenos. El demiurgo lo ha vuelto a hacer. Sirve un entretenimiento como Blue Jasmine casi como quien invita a Stoli Martin con filigrana de limón, y, mientras apuramos el trago, nos cuela un espectáculo sobre la vida, con su haz y su envés, cómica y trágica. Casi sin notarse, todo está en su sitio. Agradablemente descolocado, como las cosas de la realidad. La fotografía es cálida. Los diálogos, luminosos cuando lo tienen que ser, y acerados, cuando les toca estocada. Las dos hermanas podían estar en un relato de Chéjov. Los personajes secundarios multiplican. La película, que va de Nueva York a San Francisco, hay que verla en el cine para entrar a gusto en ella. En pantalla grande. Y dejarse llevar por la vida como un espectáculo cruel y/o maravilloso.

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El efecto Woody